El pasado martes hicimos referencia a una sentencia firmada por el Tribunal Supremo, según la cual, a dos violadores les fue reducida la condena en cuatro años porque los magistrados entendieron que la víctima fue violada siguiendo los cánones habituales en este tipo de fechorías, es decir, que los atacantes la esperaron escondidos, la introdujeron en su propio coche y la llevaron a las afueras de la ciudad para allí someterla a todo tipo de vejaciones y a la consumación de la violación. Hasta aquí ya nos parece extraño que los magistrados observaran y calificaran como ajustado a patrón todo lo sucedido. Pero muy especialmente nos extrañó que en la sentencia se haga mención a que los dos violadores no retuvieron a la chica más de lo estrictamente necesario de lo que necesitaron para realizar su aberrante acto. Es decir, que debemos entender que también para esta extraña situación los jueces tienen una vara para medir y que, dependiendo de las alegaciones de los encausados, que basarán su defensa en que la usaron sólo diez minutos o una hora, porque no conocemos el límite que los jueces tienen para estas situaciones tan extremas, la sentencia lo tendrá en cuenta y, como en este caso, les servirá para reducir la condena, concretamente en cuatro años. Ayer conocimos otra sentencia del mismo tribunal y ligada también a los malos tratos sobre la mujer. La historia es tan sencilla como dramática y los hechos, de acuerdo con el relato que hemos tenido oportunidad de leer, ocurrieron más o menos como se los contamos: a las cuatro de la mañana de la noche de autos, el ex esposo de la mujer que descansa en su domicilio y para el que la esposa consiguió una orden de alejamiento que estaba en vigor, decide que era el momento de actuar y, con un cuchillo blandiendo en su mano (que suponemos no era para trocear salchichón, por ejemplo), abre la puerta del piso y accede a él parece que con el único y exclusivo fin de acabar con la vida de su mujer. Todo parece indicar que este hombre llevaba tiempo dándole vueltas al asunto y que en ningún momento la situación respondía a un instante de locura transitoria. Una vez en el interior de la vivienda, busca a la mujer en el dormitorio y allí mismo, sin darle opción de huir ni de pedir socorro, la apalea y le aprieta el cuello con tal fuerza que ésta acaba tetrapléjica y actualmente en una silla de ruedas, dependiendo de ayuda para todo. Aunque los hechos no ocurrieran como se los hemos contado, no parece que difieran mucho de la realidad, y desde luego no aceptamos que el tribunal haya entendido que al intento de asesinato no debe añadírsele que existió alevosía, porque los magistrados entienden que no, como si el desarrollo de los acontecimientos se debiera a la causalidad.
Como hemos dicho en otras ocasiones, es evidente que lo de ser juez no debe ser nada sencillo y que, por estar expuestos siempre a la opinión pública, en escasísimas ocasiones coincidirá con ésta a la hora de sentenciar un caso. No obstante, en asuntos como el comentado, y no menos en el de los violadores de la chica ocurrido en Albox, en la provincia de Almería, de la opinión pública ha conseguido directamente el desprecio para la institución. Y es que, sin más datos que el de dos mujeres maltratadas, una hoy en una silla de ruedas y otra violada por dos machos ibéricos, lo inmediato es no aceptar que las dos sentencias dictadas por el tribunal que los juzgó sean ahora reducidas basándose en apreciaciones que pocos entienden. En una de ellas, la de la chica violada, dice que porque los dos atacantes sólo la retuvieron lo estrictamente necesario para consumar su acción; para la que hoy depende de ayuda permanente y que ve la vida desde una silla de ruedas, porque no existió alevosía, es decir, que el ex marido esperó a las cuatro de la mañana para entrar en el piso de su ex mujer por causalidad, porque pasaba por allí. Y lo del cuchillo, seguro que su abogado defensor aseguró que tenía costumbre de ir con él a todas partes por si alguien le atacaba.
Lo preocupante de las dos sentencias es que, precisamente por la categoría del tribunal que reduce las condenas, a partir de ahora no van a faltarle recurrentes con las mismas pretensiones, porque también ellos se presentarán ante los magistrados como maltratados por los jueces que en su día dictaron sentencia condenatoria. Ojalá nos equivoquemos en nuestras apreciaciones, pero todo indica que este feo asunto acaba de empezar y que son las mujeres, una vez más, las que más van a perder.