Una noticia que se ha producido en un colegio de los Estados Unidos hace dos semanas recorre en estos momentos el mundo en busca de opiniones. Los hechos ocurren en un colegio, en donde una alumna latinoamericana espera en el aula a la profesora de español para recibir sus clases diarias y, mientras ésta llega, se entretiene pintarrajeando el pupitre con un bolígrafo. Cuando la educadora observa lo que la menor ha hecho sobre el mueble, denuncia los hechos a la dirección y ésta hace llamar a la policía, que se lleva a la niña esposada a la comisaría delante del resto de alumnos. Hasta aquí lo ocurrido. Evidentemente, tratándose de un acto protagonizado por una niña, que las consecuencias inmediatas que devienen de él sean tan drásticas para nosotros, cuando menos nos extraña y alarma. Y más cuando lo de pintar en las aulas y en todo el recinto de la mayoría de los centros escolares es algo muy extendido en nuestro país. Que está mal y que ha dejado de ser un daño menor para convertirse en un problema de difícil solución, también, pero con condiciones. Es verdad que lo de las pintadas en los colegios e institutos, y no menos en las facultades, no se contempla ni de lejos en los que dependen de la iniciativa privada y no de la pública, aunque las razones no acaban de definirse y las conclusiones a las que llegan los más osados no hablan precisamente bien de los controles que deben o debían hacerse en los centros con cargo a la Administración.Situados frente a la noticia, que es a lo que vamos, se entendería la exigencia del colegio si, paralelamente, en este país no se produjeran, con diferencia, las mayores aberraciones e incongruencias conocidas. Sin ir más lejos, que a la entrada de cada uno de ellos exista un detector de metales tipo a los que nos encontramos en los aeropuertos, porque no faltan los alumnos que acuden a las clases pertrechados de armas de todo tipo y color, cuando menos los diferencian del resto del mundo civilizado. Que un gobierno como el americano, en un desmedido e injustificado afán de imponer el orden y la democracia en el mundo matando a todo el que no esté de acuerdo con esta política, y que luego sea capaz de detener a una niña porque se le ocurrió hacer dibujitos sobre el pupitre y detenerla como una delincuente, reconozcan ustedes que es para echarse a llorar. Que un país que permite e incluso promociona la venta de armas entre sus ciudadanos, a las que los menores tienen acceso casi directo y que incluso son adiestrados por sus mayores, y sin que aún haya justificado las razones de la acumulación de armamento en los domicilios particulares, sea capaz de detener a una menor por la causa a la que nos referimos, sinceramente cuerdos, lo que se dice cuerdos no parecen que estén.
Entre nosotros, que no existe legislación al respecto, que menores y mayores, y no nos referimos a los que consideramos artistas del “spray”, que esos están a otro nivel, puedan pintar impunemente fachadas, cristales, señales de tráfico, iglesias, monumentos en general y todo lo que les venga en gana, ¿qué consecuencias tendría para estos gamberros ocasionales la nefasta dimensión de sus pintadas? Si en Estados Unidos, por manchar un pupitre, una chica es detenida y trasladada hasta la comisaría esposada, ¿qué castigo debían recibir quienes tanto daño han hecho a lo que no es suyo y que tanto dinero cuesta eliminar? Evidentemente, se trata de historias diferentes desarrolladas en países diferentes, pero parece obligatoria y adecuada la comparación cuando uno de ellos, el americano, resulta ser el país de las libertades, ejemplo para el mundo de democracia consolidada. Y es que, claro, una cosa es la libertad y otra los excesos firmados por quienes lo de la educación y el respeto que merece la ciudad en la que residen no entra en sus prioridades. Sin embargo, aparte lo incongruente del asunto que ha generado este comentario, lo que debemos aceptar es que el pupitre pintarrajeado no era suyo y sí de la comunidad educativa. Si a los alumnos de nuestros centros escolares se les cobraran los destrozos que hacen en gimnasios, aulas, pasillos, aseos y jardines, cuando no en los coches de los profesores que no les caen bien, estamos seguros de que se lo pensarían la próxima vez. Por supuesto, no hay que ser tan exagerados y menos aún actuar tan desproporcionadamente, pero algo habrá que hacer.