El
mundo de la publicidad, especialmente el de las grandes cadenas de televisión,
está en situación crítica. De hecho, lo confirma el que Tele-5, Antena-3 y LaSexta
hayan entrado en pérdidas desde primeros de este año. En el caso de Planeta,
que la editorial propietaria de Antena-3 y LaSexta, tiene que refinanciar una
deuda de setecientos millones de euros al final del verano y su presupuesto
publicitario no cubre ni siquiera el quince por ciento. A todo esto, que es lo
mismo que decir que es lo que faltaba a estos grandes grupos, el Gobierno
anuncia ya sin remilgos que no tardará en admitir publicidad para la cadena
nacional, es decir para La 1 y La 2. Si recuerdan, fue durante la etapa
socialista cuando se retiró la publicidad de estos canales y se hizo desde el
convencimiento de que la dedicación de una televisión estatal no era
precisamente la de competir con las privadas, un caballo de batalla que éstas
también mantienen abierto con los canales autonómicos, en los que ven un
enemigo directo en la tarta publicitaria. Y tres cuartos de lo mismo ocurre con
las cadenas de radio. Para estas empresas de comunicación quedó claro, también
con el Gobierno de Rajoy, que esta decisión era una línea roja que no debía
traspasarse. Pero ya hemos visto que lo de las líneas rojas o de otros colores
no son freno alguno para las decisiones del Ejecutivo, aunque antes juraron y
perjuraron que no las superarían.
Lo que
le ha llegado al Gobierno de parte de estos monstruos de la comunicación y el
entretenimiento tiene mucho que ver con una guerra declarada, puesto que le han
anunciado que se atenga a las consecuencias. Y más si ya conocen la decisión
sobre la televisión digital terrestre y el dividendo digital, que está cerrada
y que asegura que se cerrarán ocho canales y que se abrirá un nuevo concurso de
adjudicación para dos nuevos. También la prensa, y concretamente el grupo
Prisa, propietaria, entre otras empresas, del periódico El País y la Cadena Ser, necesita
refinanciar su deuda por más de 3.000 millones de euros, una cifra por sí misma
escandalosa y que lo primero que se nos ocurre es que debía justificarse ante
sus socios, que son los responsables directos de lo que todo indica parece una
debacle económica de gran envergadura. Desde siempre, los grandes grupos de
comunicación han sido referencia obligada de negocios saneados y rentables
hasta que, llegada la crisis y en respuesta a decisiones erróneas y
perjudiciales para las empresas, se les ha visto el plumero ideológico y
económico. Y esta es la situación de casi todos ellos, porque recordemos que el
grupo del diario El Mundo no pasa precisamente por sus mejores momentos. O que
ABC estuvo, y no sabemos si lo seguirá estando, en venta. Se han cerrado
diarios, revistas, emisoras de radio y televisión, especialmente de las
llamadas locales y municipales, ante la imposibilidad de seguir inyectándoles
dinero público.
La
publicidad escasea y las ideas le van a la par. La situación del dial radiofónico
en estos momentos es de una oferta estatal, es decir, que pongas las emisora
que pongas, será la misma que escuchan en cualquier punto del país, la misma
voz, los mismos mensajes y las mismas intenciones, o sea, hacer una radio
impersonal, vacía de contenidos, basada en una locución de escasos recursos
verbales, mucha tecnología y poco más. Naturalmente, el menosprecio que se hace
a los oyentes es manifiesto, entre otras razones porque se olvidan de lo suyo,
de lo que le interesa, de su ciudad, de sus necesidades personales y colectivas.
Por lo tanto, quizá la razón de una situación peligrosa sobre todo por la
cantidad de puestos de trabajo que están en peligro, resida en una evidente
mala gestión de los dirigentes. Por eso estamos convencidos de que también este
tipo de desarreglos empresariales debían ser controlados antes de que no sea
posible la vuelta atrás.
