El asunto del casco sí o no cuando se usa la bicicleta en
ciudad trae de cabeza a más de uno. De entre los implicados en que está
decisión no sea finalmente implantada, sin duda que los fabricantes de estos
vehículos están a la cabeza, ya que saben con certeza que decaerá la venta de
bicicletas de forma inmediata e importante. Los otros, los usuarios, que se
quejan de que se verán obligados a enfundarse en la cabeza un elemento que
aseguran no les sirve de nada y que les afea y despeina. Existen más, porque
enfrente de éstos está la
Dirección General de Tráfico, que está obligada, por mandato
del Congreso de los Diputados, a poner en marcha cualquier política activa que
tenga como fin reducir el número de accidentes de tráfico y sus consecuencias
sobre las personas. Por lo tanto nos encontramos ante una decisión política que
no acaba de ser entendida por unos y sí apoyada por otros, aunque los primeros
o no han sabido plantear con exactitud sus razonamientos o sencillamente no son
válidos cuando de por medio está el hecho real de que al año mueren entre
quince y veinte usuarios de la bicicleta en vías urbanas.
Estos días proliferan comentarios de todo rango que llegan firmados y avalados por todo tipo de especialistas y gente del deporte, todos aportando sus experiencias al tiempo que su perspectiva como usuarios. Uno de ellos, concretamente el director de la Organización Nacional de Trasplantes, nos dice que observa con cierto estupor la polémica que ha suscitado Tráfico de obligar a que los ciclistas hagan uso del casco en las ciudades. Para él, el único argumento de quienes están en contra y que le ha parecido convincente es el que asegura que cada cual es libre de matarse como quiera. A partir de aquí se entiende que los detractores de la implantación del casco en la ciudad están convencidos de que los bordillos de las aceras o el propio asfalto son blandos como esponjas, o que los motoristas lo deben usar porque sus cabezas son más blandas que las de ellos. El director de la Organización Nacional de Trasplantes entiende que la tesis del no al casco está muy ligada a la de que todo el mundo lleve el cinturón de seguridad y nadie discuta su utilidad para reducir los riesgos en los accidentes, menos los taxistas en ciudad, que por lo visto son inmunes a los mismos cuando son los que más horas están al volante.
Él reconoce que no es imparcial, y es así porque está al frente de esta organización desde hace más de veinticinco años y observa cómo fallecen en nuestro país ciclistas luego de un traumatismo craneoencefálico y acaban siendo donantes de órganos. Según él, este tipo de situaciones no se producen después de un accidente de tráfico, como cabría esperar, sino de un simple resbalón o del roce de un coche que acaba con el ciclista en el suelo. Precisamente porque la realidad es la que es, no entiende a los diputados que, usando de su legítimo derecho, se niegan a aprobar la medida. Al mismo tiempo deberían precisar que defienden intereses electorales locales, turísticos o económicos, también perfectamente legítimos, o simplemente que dicen que no porque la propuesta llega de otro partido y no del suyo. Nuestro hombre pide que no nos den argumentos que atentan contra el sentido común. Destaca que los congresistas que se negaron a apoyar la medida pidieron campañas de concienciación, que es justo que lo se pide cuando no se sabe bien qué hacer, para convencernos, eso sí, de las bondades de llevar casco. Se extraña de este planteamiento o respuesta de la clase política porque no acepta que exista mayor campaña de concienciación negativa que, una vez puesto el tema sobre la mesa, los representantes de los ciudadanos se opongan. Y añade: ¿tan convencido está de que cuando los políticos dicen una cosa la gente intuye que el camino correcto es el contrario? Para él, en un país desarrollado como el nuestro, las muertes evitables, simplemente se evitan, y lo del casco en los ciclistas es un buen ejemplo.
Evidentemente, se trata de una reflexión muy interesante y perfectamente justificada por parte de una persona que vive muy de cerca los accidentes de tráfico en general y de los ciclistas en particular. De si debemos ponernos a su lado apoyando su tesis o todo lo contrario es algo que corresponde a cada cual. Lo que sí ha hecho es razonarlo, que es algo que raramente encontramos en otras argumentaciones.
