
La lluvia sigue siendo un tema recurrente entre quienes, como nosotros, viviremos en unos días la romería. Las personas que tienen previsto desplazarse hasta el santuario y plantar allí sus tiendas de campaña o cualquier otra forma de cobijarse, se entiende que necesitan informarse con tiempo de la meteorología prevista para este fin de semana concreto. Lo que ocurre es que no es tan sencillo como algunos creen, y más, como nos dice habitualmente nuestro compañero Antonio Lomas, el tiempo cambia por horas. De la intensidad prevista para estos días se decía que debían comenzar ayer y que caerían sobre Andújar unos ochenta litros por metro cuadrado. Y justo ahí nos encontramos, a la espera de contabilizar día y cantidad para compartir la información con todos ustedes. Mañana, viernes, por aquello de abundar en los detalles, sobre las once y media están invitados a escuchar la predicción semanal de Antonio Lomas, al que le pediremos una aproximación sobre lo que ocurrirá el fin de semana de romería, y será entonces cuando podrán adaptarse a las circunstancias meteorológicas con más seguridad.
Pero en este asunto hay más implicados y desde luego muy lejos de la romería y lo que supone para la ciudad y quienes la visitan. Nos referimos a las personas que han tenido la mala suerte de ver cómo sus tierras y sus viviendas fueron inundadas hace sólo unas semanas, que ahora miran al cielo de nuevo con justificada preocupación, ya que ellos mejor que nadie saben que, de la cantidad de agua que caiga durante los días, dependerá si de nuevo vuelven las inundaciones que tanto daño les han hecho física, psicológica y econonómicamente. En realidad, teniendo en cuenta los miles de metros cúbicos de tierra que se han ido acoplando al cauce y los márgenes del río, y que los técnicos aseguran que si el nivel del agua de lluvia alcanza los cincuenta litros por metro cuadrado, recuperará los niveles de las inundaciones pasadas, que recuerden llegaron hasta San Julián luego de hacerlo por La Isla, La Ropera y El Sotillo, es comprensible su preocupación.
Lo lamentable de asunto tan delicado es que comprobamos la falta de escrúpulos con los que algunos se aproximan a él, buscando sacar tajada personal o política sin tener en cuenta a las personas y, por tanto, a su sufrimiento. Entienden que es ahora el momento idóneo para vender su demagogia, justo cuando más bajas están las defensas de los afectados y cuando la crítica, incluso injustificada, encuentra enseguida adeptos. Esta es la razón que les induce a someter a algunas personas a todo tipo de vejaciones públicas, echando sobre ellas su odio y su rencor, y haciéndoles protagonizar situaciones infundadas. Los que nos precedieron nos dejaron escrito que los envidiosos, por no saber reírse de sí mismos, sólo disfrutan mofándose y despreciando a los demás. Convencidos como están de ser seres inferiores, muestran su frustración e impotencia en cuanto tienen oportunidad, aunque no caen en la cuenta de que, al mismo tiempo, se muestran ante los demás tal y como son en realidad. Su discurso no deja de ser simple, monocorde y compulsivo sobre todo lo que envidia y con lo que compite, aunque ni siquiera haya sido invitado a participar. Consecuencia directa de tanto malestar personal suele ser un comportamiento de ansiedad general y permanente, y deficiencias personales que acaban volcando en todo lo que hacen. Sin embargo, lo peor es que este tipo de personas no suelen reconocer su envidia y no hay nada que les hiera más que intentar hacerles ver que lo son. Y se entiende si tenemos en cuenta que la envidia es en realidad un sentimiento de inferioridad e inseguridad, una incapacidad de reconocer las limitaciones personales que se asocian a signos de debilidad, una negación total de que la infelicidad no se debe a lo que no se tiene, sino a la falta de aprecio de lo que sí se posee, y una falta de compromiso y responsabilidad consigo mismos. Y es que, pendientes como están de la vida de los demás, no se asumen la propia.
Desgraciadamente, de esta clase de personas es muy difícil prescindir, ya que, sin permiso ni vela en el asunto, se meten en tu vida con la intención de trocearla y vilipendiarla hasta donde puedan. Sin embargo, conviene recordar aquí que nadie es sabio en todas partes y que ciertamente no llevan una vida honesta ni ejemplar quienes con varios se acuesta. Es más, señoras y señores, saber mucho y decir tonterías es algo que vemos todos los días.
Pero en este asunto hay más implicados y desde luego muy lejos de la romería y lo que supone para la ciudad y quienes la visitan. Nos referimos a las personas que han tenido la mala suerte de ver cómo sus tierras y sus viviendas fueron inundadas hace sólo unas semanas, que ahora miran al cielo de nuevo con justificada preocupación, ya que ellos mejor que nadie saben que, de la cantidad de agua que caiga durante los días, dependerá si de nuevo vuelven las inundaciones que tanto daño les han hecho física, psicológica y econonómicamente. En realidad, teniendo en cuenta los miles de metros cúbicos de tierra que se han ido acoplando al cauce y los márgenes del río, y que los técnicos aseguran que si el nivel del agua de lluvia alcanza los cincuenta litros por metro cuadrado, recuperará los niveles de las inundaciones pasadas, que recuerden llegaron hasta San Julián luego de hacerlo por La Isla, La Ropera y El Sotillo, es comprensible su preocupación.
Lo lamentable de asunto tan delicado es que comprobamos la falta de escrúpulos con los que algunos se aproximan a él, buscando sacar tajada personal o política sin tener en cuenta a las personas y, por tanto, a su sufrimiento. Entienden que es ahora el momento idóneo para vender su demagogia, justo cuando más bajas están las defensas de los afectados y cuando la crítica, incluso injustificada, encuentra enseguida adeptos. Esta es la razón que les induce a someter a algunas personas a todo tipo de vejaciones públicas, echando sobre ellas su odio y su rencor, y haciéndoles protagonizar situaciones infundadas. Los que nos precedieron nos dejaron escrito que los envidiosos, por no saber reírse de sí mismos, sólo disfrutan mofándose y despreciando a los demás. Convencidos como están de ser seres inferiores, muestran su frustración e impotencia en cuanto tienen oportunidad, aunque no caen en la cuenta de que, al mismo tiempo, se muestran ante los demás tal y como son en realidad. Su discurso no deja de ser simple, monocorde y compulsivo sobre todo lo que envidia y con lo que compite, aunque ni siquiera haya sido invitado a participar. Consecuencia directa de tanto malestar personal suele ser un comportamiento de ansiedad general y permanente, y deficiencias personales que acaban volcando en todo lo que hacen. Sin embargo, lo peor es que este tipo de personas no suelen reconocer su envidia y no hay nada que les hiera más que intentar hacerles ver que lo son. Y se entiende si tenemos en cuenta que la envidia es en realidad un sentimiento de inferioridad e inseguridad, una incapacidad de reconocer las limitaciones personales que se asocian a signos de debilidad, una negación total de que la infelicidad no se debe a lo que no se tiene, sino a la falta de aprecio de lo que sí se posee, y una falta de compromiso y responsabilidad consigo mismos. Y es que, pendientes como están de la vida de los demás, no se asumen la propia.
Desgraciadamente, de esta clase de personas es muy difícil prescindir, ya que, sin permiso ni vela en el asunto, se meten en tu vida con la intención de trocearla y vilipendiarla hasta donde puedan. Sin embargo, conviene recordar aquí que nadie es sabio en todas partes y que ciertamente no llevan una vida honesta ni ejemplar quienes con varios se acuesta. Es más, señoras y señores, saber mucho y decir tonterías es algo que vemos todos los días.