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Este fin de semana, parece que hasta la mitad del domingo, disfrutaremos de buen tiempo, entendiendo por tal el hecho de que no llueva y que el frío sea soportable. Con esto queremos decirles que aunque el precio del combustible está por las nubes, aunque la economía doméstica no pasa por sus mejores momentos, la realidad es que saldremos a la carretera sí o sí. Y nada tendríamos que decirles si no fuera por las consecuencias funestas que al final de la semana, en el recuento de la accidentalidad que se ha producido, conocemos tragedias familiares que nos entristecen. Y más porque son evitables. Sólo exige de los usuarios prudencia, sentido común y que se adapten a las exigencias de la señalización y Normas en vigor. Es decir, en realidad nada del otro mundo. De hecho, el pasado fin de semana se quedaron en el camino nada menos que veintiuna personas, diecinueve de las cuales no superaban los treinta años. En el análisis que exige un fenómeno social de tal envergadura e impacto nos encontramos con infinidad de fallos encadenados que finalmente fueron y son la causa del accidente; de entre éstos, exceso de velocidad, evitable; conductor con tasa de alcoholemia por encima de lo exigido, evitable; conductor y pasajeros sin cinturón de seguridad, evitable… Efectivamente, de estos tres partícipes imprescindibles en los accidentes en general y en los del pasado fin de semana, comprobamos que la práctica totalidad de ellos pudieron evitarse.
El hecho de que sepamos las consecuencias y también cómo evitarlas, confirma que entre el colectivo de conductores no se comparte mayoritariamente el sentido común. De otra forma no se entiende que sean muy pocos los que actúen en consecuencia, los que aceptan que la conducción se ha convertido en un peligro real, independientemente de que luego, en el análisis de las razones del accidente, se compruebe que el que mejor conducía, el que adecuaba la velocidad de su vehículo a lo establecido, el que no había consumido alcohol y llevaba el cinturón puesto, es el que acaba pagando la locura del que sí conducía con todo en contra. Precisamente porque esto ocurre a diario, ¿conseguirán algún día las leyes condenar a estos descerebrados como sus actos merecen?; ¿será posible que el peso de la ley los acabe arrinconando como apestados a todos aquellos que contribuyen a que la carretera se haya convertido en un infierno? Desde luego, si nos detenemos en el análisis de algunas sentencias judiciales, no parece que exista interés por conseguirlo, al menos a corto plazo.
Las penas que se le imputan actualmente a quienes en el momento del accidente se comprueba que conducían a velocidad excesiva, que además iban pasados de alcohol o cualquier otra droga, y que acabaron con la vida de personas que sencillamente tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino, las podemos calificar como de ridículas, y más si tenemos en cuenta que a quien se encuentre vendiendo música en la calle le caen unos años de cárcel. Precisamente en las comparaciones, en el agravio comparativo que supone por ejemplo este caso, encontramos una incongruencia que es determinante cuando se trata de respetar el texto legal que rige y controla el tráfico en nuestro país. Mientras quien acabe con la vida de una persona, conductor o peatón, y se compruebe que conducía desafiando las leyes, lo menos que merece es que éstas le caigan encima con todo su peso. De seguir como estamos, o sea, evitando entrar en la cárcel y retirándole el permiso de conducir por un tiempo determinado y escaso, ¿alguien creerá que sirve como correctivo? Nosotros, desde luego que no. Y es que mientras las sentencias no sean ejemplarizantes y sí todo lo contrario, esperar que la cordura y el sentido común de los habituales transgresores de las leyes recuperen las buenas costumbres es utópico.
El hecho de que sepamos las consecuencias y también cómo evitarlas, confirma que entre el colectivo de conductores no se comparte mayoritariamente el sentido común. De otra forma no se entiende que sean muy pocos los que actúen en consecuencia, los que aceptan que la conducción se ha convertido en un peligro real, independientemente de que luego, en el análisis de las razones del accidente, se compruebe que el que mejor conducía, el que adecuaba la velocidad de su vehículo a lo establecido, el que no había consumido alcohol y llevaba el cinturón puesto, es el que acaba pagando la locura del que sí conducía con todo en contra. Precisamente porque esto ocurre a diario, ¿conseguirán algún día las leyes condenar a estos descerebrados como sus actos merecen?; ¿será posible que el peso de la ley los acabe arrinconando como apestados a todos aquellos que contribuyen a que la carretera se haya convertido en un infierno? Desde luego, si nos detenemos en el análisis de algunas sentencias judiciales, no parece que exista interés por conseguirlo, al menos a corto plazo.
Las penas que se le imputan actualmente a quienes en el momento del accidente se comprueba que conducían a velocidad excesiva, que además iban pasados de alcohol o cualquier otra droga, y que acabaron con la vida de personas que sencillamente tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino, las podemos calificar como de ridículas, y más si tenemos en cuenta que a quien se encuentre vendiendo música en la calle le caen unos años de cárcel. Precisamente en las comparaciones, en el agravio comparativo que supone por ejemplo este caso, encontramos una incongruencia que es determinante cuando se trata de respetar el texto legal que rige y controla el tráfico en nuestro país. Mientras quien acabe con la vida de una persona, conductor o peatón, y se compruebe que conducía desafiando las leyes, lo menos que merece es que éstas le caigan encima con todo su peso. De seguir como estamos, o sea, evitando entrar en la cárcel y retirándole el permiso de conducir por un tiempo determinado y escaso, ¿alguien creerá que sirve como correctivo? Nosotros, desde luego que no. Y es que mientras las sentencias no sean ejemplarizantes y sí todo lo contrario, esperar que la cordura y el sentido común de los habituales transgresores de las leyes recuperen las buenas costumbres es utópico.