Lo queramos o no, las convulsiones que registra el mundo llamado eufemísticamente moderno nos las repartimos entre todos, por muy alejados que vivamos de los centros de poder. Tal y como han diseñado las políticas sociales, económicas y laborales, el sistema está por completo canalizado y unido de forma que cuando alguien, por ejemplo, tose en Wall Street, que es uno de los epicentros económicos más importantes del orbe, es decir, en donde se cuece el futuro de todos nosotros, el resto del mundo cae enfermo por una temporada. No otra cosa ocurre desde hace unos años, justo cuando se anunció la crisis que ahora padecemos, y que por el momento nos tiene muy perjudicados y con serias dificultades para que recuperemos la salud. Por lo tanto, a los escépticos de siempre, esos que dudan del cambio climático, de las enfermedades que controla la industria farmacéutica y que nos inoculan para que nos mediquemos con sus fármacos, y que dudaban de que la banca pudiera vérselas canutas para seguir funcionando, entre otras cosas porque muchos de los bancos y cajas de ahorro han sido nidos de ladrones y residencia de sectas y religiones nada aconsejables como compañeras de viaje, decirles que sobraban razones para prevenir el daño tan monstruoso que se nos venía encima y, cuando menos, haber evitado algunas de las nefastas consecuencias que actualmente padecemos, y de modo especial las personas que han perdido sus puestos de trabajo.
Por si algo no iba bien y era necesario agravar la situación, se incorpora a la sesión continua que compartimos la tensión que desde el mundo islámico anuncian misiles aire-tierra y de largo alcance, tanques, portaviones y asesinatos callejeros firmados por tiranos y dictadores que andan con las horas contadas. Naturalmente, si antes decíamos que la bolsa de Nueva York era una referencia obligada y termómetro real de cómo va la crisis en el mundo, añádanle ustedes que el petróleo ha vuelto a usarse como arma infalible para amedrentar a quienes tengan intención de controlar los países en donde se produce, como es el caso de Irán, cuyo presidente ha dado una muestra de poder atómico de gran envergadura y que por parte de los países civilizados, que es como gustan de llamarse aquellos que llevan y traen la democracia como si de una fruta de temporada se tratara, han hecho lo propio y han enviado su parafernalia armamentística al mismo tiempo que, intencionadamente, se encargan de subir el precio del petróleo. Y es que la globalización también sirve para esto, es decir, para armar y desarmar guerras cuando interesan porque las ganancias del capital han caído.
Lógicamente, cuando estas situaciones ocurren en momentos de solvencia económica entre la ciudadanía, puede que hasta pasen desapercibidas, pero todo lo contrario ocurre cuando el momento, como es el caso, no puede ser peor, con medio mundo parado y el otro medio aterrorizado porque llegue un día que acuda a su puesto de trabajo y la empresa haya cerrado sus puertas y los propietarios huidos a paraísos fiscales con su dinero y con sus sueños. Y todo porque los gobiernos del mundo, vendidos al gran capital e inútiles para solventar problemas, son incapaces de ponerse de acuerdo en la construcción de un nuevo orden que sitúe las cosas en su sitio y nos permita vivir en paz, que buena falta nos hace a todos. Por todo esto, cuando acudimos a mítines electorales en los que unos nos aseguran que si no los votamos a ellos seremos unos desgraciados para toda nuestra existencia y tendremos menos futuro que una caja de galletas a la puerta de un colegio, y otros todo lo contrario, se nos ocurre interpretar la situación como si de un mercadillo dominguero fuera y en el que los vendedores intentan convencernos de que su artículo es el mejor, cuando en realidad se trata de la misma mercancía y que lo único que cambiaría serían las personas que nos dirigirían la vida, que mantendrían los mismos abusos, los mismos mangoneos y lasa mismas torpes maneras de poner remedio a tanta desgracia personal y familiar que conocemos y que ellos mismos han generado.
