Lo que Andújar vivió el pasado domingo alrededor de la patrona no ha dejado indiferente a nadie. En esta ocasión, por mucha propuesta previa que se hiciera, ni siquiera han conseguido la división de opiniones. La coincidencia en que este tipo de situaciones, además de inadmisibles, no se las merecen la ciudad y menos aún la Virgen de la Cabeza, ha pillado por sorpresa a quienes imaginamos que buscaban ruido para su causa, que, vaya por delante, coincidimos en que tienen toda la legitimidad que les atorgan los estatutos, puesto que si han conseguido algún adepto desde luego que ha resultado irrelevante. Lo cierto y preocupante es que desde que la cofradía tomó el rumbo que mantiene contra viento y marea, la convivencia no ha sido fácil para ninguna de las partes. Unos, porque aceptaron el reto de cambiar las formas y el desenvolvimiento general e íntimo de la institución, a la que se añadió algo de lo que carecía hasta entonces y que conocemos como democracia interna; otros, porque el nuevo rumbo les relegaba a un orden que no aceptaron desde el primer momento y que les retiraba el protagonismo que tenían en la elección del hermano mayor. A partir de ese momento, los enfrentamientos han sido habituales; eso sí, todos desagradables e inútiles, porque la suerte parece estar echada y no parece viable que todo vuelva a estar como hace años.Echamos de menos, por lo tanto, falta de entendimiento entre quienes desde siempre han estado junto a la cofradía y los que han ido recogiendo sucesivamente los testigos que les han ido dejando sus predecesores, entre cuyas funciones obligatorias tienen la de ejecutar los estatutos aprobados y en vigor. No seremos nosotros los que califiquemos la actitud unos y otros, pero ambos deberían reaccionar ante sí mismos y aceptar que las palabras son las que acaban ganando las batallas y no los malos modos y los posicionamientos radicales. Por todo esto, se impone el diálogo sin condiciones previas ni supuestos privilegios desde los que conseguir que una de las partes se escuche más fuerte que a la otra. Es más, si de verdad es la patrona y su fervor y ensalzamiento lo que se persigue, desde luego que el ejemplo que están dando no es el más adecuado. Lo inevitable es que la cofradía somos todos y que, precisamente por este característico detalle, todos debemos aceptar sus mandatos luego de haber sido consensuados y aprobados por los órganos competentes. A partir de este punto, todo lo que se quiera obtener desde fuera no sólo no servirá de nada, sino que se abrirán infinidad de oportunidades para la crítica de quienes observan este fenómeno mariano con pocas ganas, y volvemos a recordar que no son pocos.
Lo evidente es que desde fuera no se entiende que la cofradía y un órgano tan importante como es el de los diputados no hayan conseguido ponerse de acuerdo después de años de enfrentamientos de todo tipo. Y lo peor es que casi todos ellos lo han sido en público, y lo es porque extraña que quienes tanta pasión y amor por la Morenita pregonan sean capaces de llegar tan lejos y de qué manera en sus demandas. Los estatutos, que son los que legalmente rigen la cofradía, son los únicos que pueden y deben controlar situación tan degradante e impresentable. Si no se aceptan o se entiende por una de las partes que se interpretan a conveniencia de la otra, nada mejor que la ayuda de un experto que emita un juicio que previamente se habrá aceptado como inapelable. Todo lo demás, incluidos desplantes, opiniones deplorables, actitudes grotescas y desafiantes, no sirve para nada que no sea ahondar en el distanciamiento que mantienen desde hace años.
A todo esto, la Iglesia provincial, que tiene tanto que perder en este asunto, porque recordemos que de por medio está la devoción de miles de personas por la Virgen de la Cabeza, creemos que debe implicarse aún más en tratar de hallar soluciones que agraden a las dos partes y acabar cuanto antes con un enfrentamiento que nunca debió iniciarse y menos mantenerse tanto en el tiempo. Desde luego, si lo que se espera es que ocurra el milagro, no es la mejor decisión. A veces no es sencillo, evidentemente, pero hay que estar a las duras y a las maduras.