
Nuevo fin de semana y nuevas exigencias relacionadas con el tráfico rodado. Como seguro conocen, la Dirección General de Tráfico, atendiendo a una directiva europea que se desarrolla al mismo tiempo en todo el territorio comunitario, mantiene en vigor el control sobre el uso del cinturón de seguridad y muy especialmente en lo que respecta a las silletas de los pasajeros más pequeños. Las razones de esta medida tienen su origen en las estadísticas controladas por todos los Estados y que confirman el desmedido aumento de muertes de menores de doce años en accidentes de circulación que, atención, no usaban estas silletas en el momento del accidente. Por ahora, los controles que se efectúan en carretera y ciudad, porque deben saber que las policías locales también participan en esta campaña, están dando buenos resultados si tenemos en cuenta que han sido muchos los automovilistas que llevaban menores en sus vehículos sin hacer uso, no sólo de los elementos de seguridad propios para ellos, sino de ninguno de los instalados en éstos.
Es evidente, sin embargo, que una gran mayoría de conductores adultos no tienen en cuenta la obligatoriedad de la medida, algo que nos llama poderosamente la atención y que muestra una peligrosa desinformación de quienes entienden que los menores, una vez encerrados en el interior del vehículo, no corren peligro. De hecho, no faltan los que aseguran que la adquisición de un asiento especialmente diseñado y homologado para los menores no deja de ser una inversión inútil y un estorbo más en el coche. Y lo confirman, por ejemplo, los que permiten a sus hijos viajar junto a ellos en el asiento de al lado, el que se conoce como “el asiento de la muerte”. Unos aducen que “sólo van al colegio”; otros, “que para recorrer doscientos metros…”, y tampoco faltan los que están convencidos de que a ellos no les pasará nada. Y ojala así sea, aunque las estadísticas contradicen estas aseveraciones mostrándonos con toda su crudeza lo que les ocurre a los niños cuando el vehículo en el que viajan sufre un accidente y no van convenientemente sujetos.
En nuestra ciudad, por aquello de ser diferentes hasta sus últimas consecuencias, seguimos viendo con regularidad a niños sujetos al manillar de la moto de su padre o sentados sobre el depósito de gasolina de ésta; incluso, rizando el rizo al máximo, hemos visto alguno conduciendo un vehículo de cuatro ruedas sentado sobre las rodillas de un adulto. Como siempre hemos creído que existen razonamientos que no son necesarios explicarlos por obvios, nunca entenderemos cómo una persona mayor, en plena capacidad de sus funciones físicas y mentales, puede subir a un vehículo de dos ruedas o de cuatro a un menor y situarlo delante o junto a él. Y es colocado en lugares de tanto privilegio, en caso de choque, algo por otra parte que forma parte de la accidentalidad que se controla en las ciudades, el menor será el primero en pagar con su vida el exceso del mayor, lo diga quien lo diga y lo haga quien lo haga. Y dará lo mismo que se recorran diez metros que diez mil, porque el accidente puede darse en cualquier momento.
Tres cuartos de lo mismo ocurre cuando un niño viaja sin protección de ningún tipo, suelto, jugando con una pelota o con su perrito, algo que por otra parte vemos cotidianamente. Sin ninguna duda, el que primero sale despedido del coche hacia la carretera llevándose por delante todo lo que encuentra a su paso, incluido el parabrisas, es él y todos los que no estén usando el cinturón de seguridad. A partir de ese fatídico instante, ustedes mismos. Y todo porque es posible que al niño no le guste viajar atado al asiento previsto para él, o porque a sus padres no les parezca que sea lo mejor para él, o porque, y esto es lo peor, no faltan los que saben de todo, y no les decimos nada sobre cómo deben viajar los niños en los vehículos.
Y ya ven ustedes que no es sólo cosa nuestra y que compartimos los mismos defectos con el resto de los ciudadanos europeos, aunque en vez de consolarnos, lo que debía ocurrir es que compartiéramos con todo rigor las normas que los organismos que controlan el tráfico imponen. Lo queramos o no, el único fin que tiene éstas es el de salvar vidas.
Es evidente, sin embargo, que una gran mayoría de conductores adultos no tienen en cuenta la obligatoriedad de la medida, algo que nos llama poderosamente la atención y que muestra una peligrosa desinformación de quienes entienden que los menores, una vez encerrados en el interior del vehículo, no corren peligro. De hecho, no faltan los que aseguran que la adquisición de un asiento especialmente diseñado y homologado para los menores no deja de ser una inversión inútil y un estorbo más en el coche. Y lo confirman, por ejemplo, los que permiten a sus hijos viajar junto a ellos en el asiento de al lado, el que se conoce como “el asiento de la muerte”. Unos aducen que “sólo van al colegio”; otros, “que para recorrer doscientos metros…”, y tampoco faltan los que están convencidos de que a ellos no les pasará nada. Y ojala así sea, aunque las estadísticas contradicen estas aseveraciones mostrándonos con toda su crudeza lo que les ocurre a los niños cuando el vehículo en el que viajan sufre un accidente y no van convenientemente sujetos.
En nuestra ciudad, por aquello de ser diferentes hasta sus últimas consecuencias, seguimos viendo con regularidad a niños sujetos al manillar de la moto de su padre o sentados sobre el depósito de gasolina de ésta; incluso, rizando el rizo al máximo, hemos visto alguno conduciendo un vehículo de cuatro ruedas sentado sobre las rodillas de un adulto. Como siempre hemos creído que existen razonamientos que no son necesarios explicarlos por obvios, nunca entenderemos cómo una persona mayor, en plena capacidad de sus funciones físicas y mentales, puede subir a un vehículo de dos ruedas o de cuatro a un menor y situarlo delante o junto a él. Y es colocado en lugares de tanto privilegio, en caso de choque, algo por otra parte que forma parte de la accidentalidad que se controla en las ciudades, el menor será el primero en pagar con su vida el exceso del mayor, lo diga quien lo diga y lo haga quien lo haga. Y dará lo mismo que se recorran diez metros que diez mil, porque el accidente puede darse en cualquier momento.
Tres cuartos de lo mismo ocurre cuando un niño viaja sin protección de ningún tipo, suelto, jugando con una pelota o con su perrito, algo que por otra parte vemos cotidianamente. Sin ninguna duda, el que primero sale despedido del coche hacia la carretera llevándose por delante todo lo que encuentra a su paso, incluido el parabrisas, es él y todos los que no estén usando el cinturón de seguridad. A partir de ese fatídico instante, ustedes mismos. Y todo porque es posible que al niño no le guste viajar atado al asiento previsto para él, o porque a sus padres no les parezca que sea lo mejor para él, o porque, y esto es lo peor, no faltan los que saben de todo, y no les decimos nada sobre cómo deben viajar los niños en los vehículos.
Y ya ven ustedes que no es sólo cosa nuestra y que compartimos los mismos defectos con el resto de los ciudadanos europeos, aunque en vez de consolarnos, lo que debía ocurrir es que compartiéramos con todo rigor las normas que los organismos que controlan el tráfico imponen. Lo queramos o no, el único fin que tiene éstas es el de salvar vidas.