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Volvemos de las vacaciones con decido ímpetu y no menos compromiso con ustedes de retomar la tarea diaria con el mismo espíritu que la dejamos en el mes de julio. Repasando lo acontecido en estos dos largos meses, comprobamos que no estamos todos, que desgraciadamente no han sido pocos los que se han quedado en el camino por diversas circunstancias, especialmente a consecuencia de accidentes de tráfico, lacra social de gran calado e importancia y desde luego la más sangrienta enfermedad moderna, o al menos la que más personas sanas y más jóvenes se lleva por delante. Este verano, aun siendo benigno con respecto a la cifra total de muertos si la comparamos con la del pasado verano, ha vuelto a ser demencial si tenemos en cuenta que la totalidad de los accidentes pudieron evitarse.
Entre los que quedamos, analizar esta situación y un fenómeno social de tan exagerada importancia, nos lleva a las mismas conclusiones de siempre, es decir, que si el alcohol, el exceso de velocidad, los despistes… Sin embargo, ninguno de ellos nos sirve para controlar lo que hasta ahora ha dado muestras más que suficientes de que no es posible ponerle límites. Entre las aseveraciones más compartidas, la pregunta de que ¿por qué, si no se pueden superar los ciento veinte kilómetros por hora, se fabrican coches que los sobrepasan sin esfuerzo? Cargados de razón están los que de esta forma quieren influir en el ánimo de quienes pueden controlar esta evidente incongruencia, aunque obvian que los mismos usuarios que circulan por encima de la velocidad permitida lo hace también cuando ésta es de cincuenta u ochenta kilómetros por hora, es decir, que no sólo había que controlar este tipo de vehículos y sus potentes motores adaptándolos a cada una de las carreteras del país, si no especialmente a quienes los conducen, capaces de transgredir la ley simplemente porque les apetece. Se nos olvida con demasiada facilidad que somos los conductores los responsables directos y únicos de nuestros vehículos, y también los mismos que nos quejamos sin pudor de los controles de velocidad, de alcoholemia, del cinturón de seguridad, del asiento para los menores… Lo confirma el hecho de que, cuando nos vemos como protagonistas de uno cualquiera de estos actos denunciables, lo más ingenioso que se nos ocurre es que el Gobierno lo que busca en realidad es recaudar. De asumir que las normas son de obligado cumplimiento y que, por lo tanto, cada vez es más normal que seamos cazados en cualquier exceso, o no queremos saber nada o sencillamente las obviamos intencionadamente.
Por otro lado, como parece que volver de las vacaciones es algo que, en algunos de nosotros, hasta necesita de apoyos psicológicos para no caer en la tentación de la apatía, conviene recordar que las cosas del trabajo no andan precisamente para tirar cohetes y que todo lo que tenga que ver con él debemos valorarlo con cautela y mucho mimo, que las empresas, siempre que las gastos de éstas no corran al cargo del Estado, las autonomías o los ayuntamientos, no están para enfrentamientos inútiles. Sin ir más lejos, la huelga general convocada para el próximo 29 de este mes, aún anda con el miedo en el cuerpo desde el que la observan los trabajadores, porque por el momento no cuenta con apoyos suficientes desde los que anticipar que será un éxito. Los sindicatos y los sindicalistas ya han dicho sí contundentemente a la convocatoria, pero no acaban de convencer al mundo laboral de la forma que les gustaría, quizá porque saben que ellos, los jefes y los mandados sindicalmente hablando, no pierden su sueldo por acudir a este tipo de convocatorias reivindicativas, todo lo contrario que le ocurre al resto de trabajadores, a lo que debe añadirse la incógnita sobre cómo se tomaran lo de la huelga los empresarios.
En cuanto a la feria de septiembre, a nuestra feria de toda la vida, todo indica que, de mantenerse la tendencia destructiva con la que nuestros gobernantes tratan todo lo que tiene relación con la prosperidad y la imagen de Andújar dentro y fuera de nuestras fronteras, que nadie desespere porque, como ha ocurrido con eventos de gran relevancia, quizá el año que viene ni siquiera se convoque. Ya veremos.
Volvemos de las vacaciones con decido ímpetu y no menos compromiso con ustedes de retomar la tarea diaria con el mismo espíritu que la dejamos en el mes de julio. Repasando lo acontecido en estos dos largos meses, comprobamos que no estamos todos, que desgraciadamente no han sido pocos los que se han quedado en el camino por diversas circunstancias, especialmente a consecuencia de accidentes de tráfico, lacra social de gran calado e importancia y desde luego la más sangrienta enfermedad moderna, o al menos la que más personas sanas y más jóvenes se lleva por delante. Este verano, aun siendo benigno con respecto a la cifra total de muertos si la comparamos con la del pasado verano, ha vuelto a ser demencial si tenemos en cuenta que la totalidad de los accidentes pudieron evitarse.
Entre los que quedamos, analizar esta situación y un fenómeno social de tan exagerada importancia, nos lleva a las mismas conclusiones de siempre, es decir, que si el alcohol, el exceso de velocidad, los despistes… Sin embargo, ninguno de ellos nos sirve para controlar lo que hasta ahora ha dado muestras más que suficientes de que no es posible ponerle límites. Entre las aseveraciones más compartidas, la pregunta de que ¿por qué, si no se pueden superar los ciento veinte kilómetros por hora, se fabrican coches que los sobrepasan sin esfuerzo? Cargados de razón están los que de esta forma quieren influir en el ánimo de quienes pueden controlar esta evidente incongruencia, aunque obvian que los mismos usuarios que circulan por encima de la velocidad permitida lo hace también cuando ésta es de cincuenta u ochenta kilómetros por hora, es decir, que no sólo había que controlar este tipo de vehículos y sus potentes motores adaptándolos a cada una de las carreteras del país, si no especialmente a quienes los conducen, capaces de transgredir la ley simplemente porque les apetece. Se nos olvida con demasiada facilidad que somos los conductores los responsables directos y únicos de nuestros vehículos, y también los mismos que nos quejamos sin pudor de los controles de velocidad, de alcoholemia, del cinturón de seguridad, del asiento para los menores… Lo confirma el hecho de que, cuando nos vemos como protagonistas de uno cualquiera de estos actos denunciables, lo más ingenioso que se nos ocurre es que el Gobierno lo que busca en realidad es recaudar. De asumir que las normas son de obligado cumplimiento y que, por lo tanto, cada vez es más normal que seamos cazados en cualquier exceso, o no queremos saber nada o sencillamente las obviamos intencionadamente.
Por otro lado, como parece que volver de las vacaciones es algo que, en algunos de nosotros, hasta necesita de apoyos psicológicos para no caer en la tentación de la apatía, conviene recordar que las cosas del trabajo no andan precisamente para tirar cohetes y que todo lo que tenga que ver con él debemos valorarlo con cautela y mucho mimo, que las empresas, siempre que las gastos de éstas no corran al cargo del Estado, las autonomías o los ayuntamientos, no están para enfrentamientos inútiles. Sin ir más lejos, la huelga general convocada para el próximo 29 de este mes, aún anda con el miedo en el cuerpo desde el que la observan los trabajadores, porque por el momento no cuenta con apoyos suficientes desde los que anticipar que será un éxito. Los sindicatos y los sindicalistas ya han dicho sí contundentemente a la convocatoria, pero no acaban de convencer al mundo laboral de la forma que les gustaría, quizá porque saben que ellos, los jefes y los mandados sindicalmente hablando, no pierden su sueldo por acudir a este tipo de convocatorias reivindicativas, todo lo contrario que le ocurre al resto de trabajadores, a lo que debe añadirse la incógnita sobre cómo se tomaran lo de la huelga los empresarios.
En cuanto a la feria de septiembre, a nuestra feria de toda la vida, todo indica que, de mantenerse la tendencia destructiva con la que nuestros gobernantes tratan todo lo que tiene relación con la prosperidad y la imagen de Andújar dentro y fuera de nuestras fronteras, que nadie desespere porque, como ha ocurrido con eventos de gran relevancia, quizá el año que viene ni siquiera se convoque. Ya veremos.