La Justicia en nuestro país no es que esté en crisis, es que sencillamente no pasa por sus mejores momentos; o que no ha conseguido conectar con la sociedad que espera de ella que condene a quienes considera culpables, que es un detalle que por sí mismo cambia cualquier enfoque que pretendamos sea objetivo y que no tiene más interés que la coincidencia con nuestra particular forma de interpretar algo que desconocemos. Además de todo esto, si tenemos en cuenta el juicio en contra del expresidente Camps, o el caso Gürtel, o el del juez Garzón, o el de Marta del Castillo, o del expresidente de la Diputación del Castellón, o el asunto del yerno del rey, o el caso Malaya, o el de Estepona, o los del ERE en Sevilla y recientemente incorporado caso del exdirector de Empleo de la Junta de Andalucía o el exministro Blanco, quizá entendamos mejor las quejas de quienes desean, no solo que los tribunales condenen a los que ellos ya han considerado culpables, sino que la justicia se imparta rápidamente.
Evidentemente, el desconocimiento de todo lo que tiene relación con el mundo judicial y no menos con algunas sentencias que no han sido entendidas por casi nadie, sirven de extraordinario trampolín desde el que lanzar todo tipo de dudas y menosprecios allá donde seamos escuchados. Y no siempre éstos provienen de la ciudadanía y sí de medios de comunicación aliados con unos o con otros y con un gran poder de convicción capaz de levantar de su asiento al más pintado y manchar el nombre de quienes se les pongan por delante. En este mar de dudas, entender que la Justicia en España ande en boca de todos y casi siempre rechazada, no parece que sea un hecho aislado. Y lo corrobora la moda por las encuestas callejeras nada rigurosas patrocinadas por algunos medios, en donde la pregunta gancho es qué piensa de la Justicia y si sus sentencias nos parecen adecuadas o ajustadas a Derecho, que realizan becarios con escasa preparación periodística y que parece que pretenden obtener un master en comunicación a la primera. Naturalmente, dependiendo del estado de convicción que muestre el interrogado, su respuesta siempre será negativa, aunque, eso sí, sin ningún tipo de objetividad y menos aún conocimiento de lo que responde. Pero lo peor es que este tipo de sentencias verbales no caen en saco roto y como de eso saben y mucho los nuevos demagogos, esos que andan a la caza y captura de votos para sus respectivas necesidades, y que son capaces de sacar tajada de donde sea sin importarles el daño que hacen, insistimos en lo que proliferan innecesariamente.
El ejemplo más claro lo tenemos en el asunto Camps, el de los trajes, que es como se ha simplificado un tema de gran trascendencia para los dos encausados y, de rechazo, para el conjunto de la clase política. Si echamos mano de los medios de comunicación más influyentes, incluso los que no se esconden de estar del lado de una clase política o de otra, vemos que casi a nadie le ha caído bien la sentencia absolutoria que ha dictado el jurado popular. Y en parte llevan razón, porque aunque absueltos de una causa, en la ida y venida que ésta ha demandado para su esclarecimiento, todos nos hemos enterado a través de unas grabaciones telefónicas de lo fácil que resulta comprar las voluntades de determinados políticos y de cómo obtener de ellos favores de gran importancia económica. Por el momento, los dos encausados han recibido todo tipo de críticas desde infinidad de fuentes y por supuesto que han salido dañados social y políticamente.
En este caso concreto, aceptar la división de opiniones que se advierte en la calle no parece nada descabellado y más si tenemos en cuenta, como hemos dicho, que han sido los propios medios de comunicación más afines al partido del señor Camps los que no han aceptado de ninguna de las maneras la sentencia. Y estamos convencidos que ocurrirá lo mismo cuando se pronuncie el Supremo con respecto a las causas en las que se ve envuelto el juez Garzón. El movimiento ciudadano que se ha organizado alrededor de este enjuiciamiento, al que algunos asignan a la nómina del magistrado, es una muestra de la escasa neutralidad con la que desde fuera se observa a la Justicia. Pronto sabremos más.
