Como habitualmente los viernes, es decir, mañana,
tenemos la costumbre de dedicar este espacio al tráfico en general, nos
permitimos la licencia de invertir estos minutos en recordarles que laboralmente
acabamos el mes y el trimestre. La diferencia con respecto del próximo es que
las Administraciones en general deben presentar sus presupuestos para el año
2013, aunque luego ya saben ustedes que existen una serie de vericuetos legales
que son utilizados por la mayoría de éstas para escurrir el bulto y presentar
sus cuentas cuando les viene en gana sin que nadie les exija esta obligación,
que debería ser ineludible en beneficio de las comunidades a las que
representan. Por otra parte, acabamos un mes que, con diferencia, ha sido el más
convulso de los últimos años, ya que si al anterior Gobierno la ciudadanía le
premió con nada menos que dos huelgas generales, éste no solo lleva camino de
ser retado en la calle con las mismas armas, sino que el levantamiento de la
población está siendo cada vez más unánime, y bien harían los políticos en
preocuparse de la evolución de los acontecimientos, porque es evidente que el
ambiente se ha caldeado de forma y manera que nadie guarda silencio a la espera
de tiempos mejores. Las razones no son otras que la comprobación de que el país
camina hacia el desastre y al primero que se llevará por delante será al
ciudadano, precisamente el que no ha participado en la consolidación de la
crisis que está echando abajo algo más que el estado de bienestar: pérdida de
viviendas, de horizonte laboral, de miles y miles de empresas, de otros tantos
miles de autónomos, de vehículos sin usar por la subida de los carburantes, de
dinero a causa de las acciones preferentes del demonio retenidas precisamente a
gentes que en su día confiaron su dinero a mala gente, que no de otra forma se
puede definir a quien engaña a cambio del dinero de las comisiones que sus jefes
les daban, les decían, por el trabajo bien hecho.
La calle, que es la mejor referencia o termómetro
del estado de la nación y no la pantomima que protagoniza la clase política en
el Congreso de vez en cuando con intención de convencernos de que todo va bien,
ha demostrado cuáles son sus intenciones sacando a la calle la palabra y
llevándola ante el lugar en donde se reúnen los que sujetan las riendas del cada
vez más desbocado país de chichinabo en el que nos han convertido con las
inviables decisiones que vienen tomando desde noviembre del año pasado. Allí les
esperaban, parapetados entre enrejados controles y trajes a prueba de la armas
de los indignados, es decir, la palabra, una policía que es conocida como corte
de antidisturbios, que estamos convencidos antes de actuar fueron arengados por
especialistas en dar palos a diestro y siniestro y en todas direcciones,
especialmente en la cabeza, que parece es donde duele y donde más daño ocasiona.
Y los han recibido los ciudadanos, o sea, que no se trataba de terroristas
incontrolados ni de profesionales alteradores del orden público. Es más, los
palos se los han endilgado precisamente a quienes les pagan sus sueldos, detalle
de por sí extraño y preocupante, porque ¿qué hubiera ocurrido en caso de que
quienes estaban enfrente de estos esforzados policías de porra en mano y casco
sin moto hubieran portado armas?
Estamos convencidos de que, al mismo tiempo que
esta paliza pública que ha recibido el país en algunos de sus representantes
populares no ha pasado desapercibida al resto del mundo, que se ha encargado de
llevarla a las primeras páginas de sus diarios y televisiones, tampoco ha caído
en saco roto entre la ciudadanía, que recordará cómo una manifestación pacífica
nunca debió alcanzar los niveles sangrientos que obtuvo en solo unos minutos.
Evidentemente, no es el mejor camino para obtener del pueblo el apoyo que
reclaman para seguir recortándonos la vida, que no otra cosa vienen haciendo
desde hace unos meses. Resumiendo: el que a hierro mata, a hierro muere. El
asunto va de paciencia.
