jueves, 27 de septiembre de 2012

DESPEDIMOS TRIMESTRE Y ALGO MÁS

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Como habitualmente los viernes, es decir, mañana, tenemos la costumbre de dedicar este espacio al tráfico en general, nos permitimos la licencia de invertir estos minutos en recordarles que laboralmente acabamos el mes y el trimestre. La diferencia con respecto del próximo es que las Administraciones en general deben presentar sus presupuestos para el año 2013, aunque luego ya saben ustedes que existen una serie de vericuetos legales que son utilizados por la mayoría de éstas para escurrir el bulto y presentar sus cuentas cuando les viene en gana sin que nadie les exija esta obligación, que debería ser ineludible en beneficio de las comunidades a las que representan. Por otra parte, acabamos un mes que, con diferencia, ha sido el más convulso de los últimos años, ya que si al anterior Gobierno la ciudadanía le premió con nada menos que dos huelgas generales, éste no solo lleva camino de ser retado en la calle con las mismas armas, sino que el levantamiento de la población está siendo cada vez más unánime, y bien harían los políticos en preocuparse de la evolución de los acontecimientos, porque es evidente que el ambiente se ha caldeado de forma y manera que nadie guarda silencio a la espera de tiempos mejores. Las razones no son otras que la comprobación de que el país camina hacia el desastre y al primero que se llevará por delante será al ciudadano, precisamente el que no ha participado en la consolidación de la crisis que está echando abajo algo más que el estado de bienestar: pérdida de viviendas, de horizonte laboral, de miles y miles de empresas, de otros tantos miles de autónomos, de vehículos sin usar por la subida de los carburantes, de dinero a causa de las acciones preferentes del demonio retenidas precisamente a gentes que en su día confiaron su dinero a mala gente, que no de otra forma se puede definir a quien engaña a cambio del dinero de las comisiones que sus jefes les daban, les decían, por el trabajo bien hecho.
 
La calle, que es la mejor referencia o termómetro del estado de la nación y no la pantomima que protagoniza la clase política en el Congreso de vez en cuando con intención de convencernos de que todo va bien, ha demostrado cuáles son sus intenciones sacando a la calle la palabra y llevándola ante el lugar en donde se reúnen los que sujetan las riendas del cada vez más desbocado país de chichinabo en el que nos han convertido con las inviables decisiones que vienen tomando desde noviembre del año pasado. Allí les esperaban, parapetados entre enrejados controles y trajes a prueba de la armas de los indignados, es decir, la palabra, una policía que es conocida como corte de antidisturbios, que estamos convencidos antes de actuar fueron arengados por especialistas en dar palos a diestro y siniestro y en todas direcciones, especialmente en la cabeza, que parece es donde duele y donde más daño ocasiona. Y los han recibido los ciudadanos, o sea, que no se trataba de terroristas incontrolados ni de profesionales alteradores del orden público. Es más, los palos se los han endilgado precisamente a quienes les pagan sus sueldos, detalle de por sí extraño y preocupante, porque ¿qué hubiera ocurrido en caso de que quienes estaban enfrente de estos esforzados policías de porra en mano y casco sin moto hubieran portado armas?
 
Estamos convencidos de que, al mismo tiempo que esta paliza pública que ha recibido el país en algunos de sus representantes populares no ha pasado desapercibida al resto del mundo, que se ha encargado de llevarla a las primeras páginas de sus diarios y televisiones, tampoco ha caído en saco roto entre la ciudadanía, que recordará cómo una manifestación pacífica nunca debió alcanzar los niveles sangrientos que obtuvo en solo unos minutos. Evidentemente, no es el mejor camino para obtener del pueblo el apoyo que reclaman para seguir recortándonos la vida, que no otra cosa vienen haciendo desde hace unos meses. Resumiendo: el que a hierro mata, a hierro muere. El asunto va de paciencia.