A la vuelta de las vacaciones el trabajo se acumula casi incontroladamente. Evidentemente, la feria ganaría por goleada si no fuera porque el país no acaba de iniciar el camino hacia metas económicas que nos permitan dormir más tranquilos. De hecho, estamos convencidos de que formamos parte de un país de chichinabo, casi como una república bananera al uso. España se desenvuelve entre la mentira de un Ejecutivo que perdió el rumbo al llegar al poder y una oposición que aún mantiene las formas que le hicieron perder las elecciones. A todo esto, el fuego ha recorrido el mapa nacional como reguero de pólvora llevándose por delante casi doscientas mil hectáreas de monte y sin que nadie quiera asumir la parte alícuota de responsabilidad que le corresponde. Por otra parte, la sombra del rescate por parte de la Unión Europea ha dejado de ser un fantasma para pasar a categoría de real, y que todo indica que se cumplirán las agoreras previsiones que la anuncian para después de las elecciones a celebrar en Euskadi y Galicia. Naturalmente, en las calles nos encontramos con los cabreados por los recortes en sanidad, con los ahorradores convertidos en inversores, con los educadores y familiares de los educandos, con los funcionarios, con los desahuciados, con los padres que no podrán adquirir el material escolar porque la subida del IVA, la reducción de las becas y el precio de las matrículas les ha descolocado…
El hecho de que nos hayan instalado desde la Moncloa en la mentira y de que en la calle se perciba un preocupante descontrol entre los mismísimos ministros cuando de tomar decisiones se trata, evidentemente no ayuda a calmar los ánimos de la ciudadanía, que, por otra parte, cada día se las tiene que ver con aumentos en el precio de todo lo que le es imprescindible, desde los alimentos a los carburantes, pasando por la electricidad, el gas y los impuestos en general. Por otro lado, a estas alturas de la película, ningún ciudadano se cree lo que le cuentan, y más cuando se trata de convencerles de que la crisis la debemos pagar solo nosotros y no quienes realmente la organizaron y que no son otros que los bancos y sus consejeros, ahítos que están de dinero público, que se jubilan anticipadamente con sueldos de escándalo después de arruinar a la entidad y que nadie por el momento les ha parado los pies. Y menos mal que parece se ha abierto, aunque tímidamente, una ventana por la que pasa algo de luz y aire fresco, y que anuncia que los que en su día colocaron sus ahorros de toda la vida en su banco de siempre en unas acciones preferentes sin su consentimiento y autorización, es posible que más pronto que tarde acaben con esta pesadilla.
Lo innegable es que nos espera un duro invierno de duración imprevisible por el momento y que los cinturones deberemos abrochárnoslos un poco más si no queremos vernos sumidos en mayor desgracia. Actualmente somos el país de la Unión Europea con mayor número de desempleados, el que más monte ha sido arrasado por los incendios, el que menos coches vende, en el que menos se invierte en investigación y desarrollo, el que más desahucios registra, el que tiene la mayor carga fiscal con menos servicios, el que permite que cualquier mindundi se lleve el dinero que no es suyo y que no ingrese en prisión, el que, en fin, ha dado la espalda al mundo de la emigración de forma salvaje e insolidaria. Y si con estos datos aún creemos que se puede salvar algo del estado del bienestar que hemos venido disfrutando, tendremos que aceptar de buena gana que tenemos más fe que el Alcoyano.
