lunes, 29 de octubre de 2012

PRIMER SUICIDIO DE LA CRISIS

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Entre nosotros, a nadie se le ocurrió pensar que, al igual que en Grecia, también en España, cuando la presión de la crisis fuera a más, a alguien se le ocurriría suicidarse debido a su situación personal. Allí se quemó a lo bonzo un farmacéutico que no soportó las carencias económicas que padecía; aquí, un autónomo granadino que regentaba una papelería y puesto de venta de prensa, que esa misma mañana iba a ser desahuciado de su piso. Y también anotamos el intento de otra persona, que lo hizo tirándose desde el balcón de su vivienda, en un segundo piso. Las mismas causas para un final que estamos convencidos pudieron evitarse. Si la tristeza y la convulsión social que han devenido a nuestros gobernantes, que a ellos y a la crisis le dedicábamos la semana pasada un comentario con el mismo tema que el de hoy, si asumen su responsabilidad, quizá acaben siendo unos hechos  aislados y todo quede ahí. Desde luego, el panorama no está en situación de mejora; al contrario, todos los datos e indicios indican que lo de la economía doméstica va a peor, que las oportunidades laborales sencillamente no existen y que los desahucios se mantienen impunemente. Es evidente que los bancos han ganado su particular batalla ante el Gobierno y que éste ha sucumbido a sus exigencia, reales o no, y por el momento es su única preocupación. Los recortes efectuados, los que harán en poco tiempo y los préstamos que se pidan a Bruselas en forma de rescate o de otra índole solo tendrán un objetivo: engordar la cuenta de los banqueros, ávidos de dinero fácil que, digan lo que digan, no tienen intención de devolver. Quizá por eso no acepten la exigencia o petición del Gobierno español ante el Banco Central Europeo, según la cual, como el dinero del rescate es para capitalizar los bancos españoles, que sean éstos los que se hagan cargo del préstamo y no el Estado, porque de esta manera lo seguro es que no pagarán, como ya ha ocurrido con todas las entidades que por el momento han sido capitalizadas con cargo al Erario Público. Mientras, la ciudadanía a verlas venir, sin posibilidades de ningún tipo y escuchando a los dirigentes políticos anunciar que estamos ante los últimos presupuestos del Estado para la crisis, porque el año próximo todo será diferente. Lo que no han explicado, al menos por el momento, es en qué se basan para llegar a esta conclusión.

Lo que sabemos con total certeza es que ya tenemos el primer suicidio de la crisis, el granadino que no pudo más y decidió quitarse la vida antes de verse a él, que era soltero y vivía solo, en la calle por el desahucio que venía avalado por el juzgado de guardia de su ciudad. Es de tanto  calibre el momento, es tan complejo y desgarrante, que es comprensible que este ciudadano no pudiera soportar la presión a la que estaba sometido desde que supo que lo desahuciarían. Ahora todo son lamentaciones y denuncias, quejas y despropósitos, pero la realidad es que una persona ha fallecido a causa de la crisis económica que ella ni quiso ni provocó y que el banco en cuestión se ha quedado con su vivienda, le pasará los gastos que ha generado el acto y le seguirá remitiendo a su familia los recibos que le queden por abonar de la maldita hipoteca que firmó en su día con quienes solo le daban facilidades para devolverlo.

Por su faltaba algún dato que guardar para la posteridad, en un alarde de sumisión política y financiera, el Consejo General del Poder Judicial ha decidido no asumir el contenido de un informe que él mismo encargó a un grupo de seis magistrados y coordinado por el vocal Manuel Almenar, ligado precisamente a los desahucios y a las  formas con las que actúan los bancos, que obligan a los jueces a intervenir sin miramientos ni posibilidades para los denunciados. El informe denuncia concretamente los abusos del sistema de desahucios y los jueces critican la mala praxis bancaria, la venta torticera de productos financieros y proponen transferir a los hipotecados las ayudas previstas para  la banca. Ya me dirán ustedes en quiénes, entonces, podemos confiar.