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Tal como les anunciábamos ayer, los
sindicatos y el resto de organizaciones convocantes de la huelga general
insisten en que ha sido un rotundo éxito y que finalmente han participado en la
convocatoria casi un ochenta por ciento del total de trabajadores; enfrente, el
Gobierno, que asegura todo lo contrario: que no ha sido secundada, que en los
organismos oficiales casi ni se ha notado, que los servicios mínimos se han
cumplido, que en la sanidad y la enseñanza prácticamente el paro ha sido
testimonial… Como ven, no se ponen de acuerdo por razones obvias, puesto que de
lo que se trata en definitiva es de ganar el enfrentamiento. En medio de ellos,
nosotros, la ciudadanía, que no tiene datos fiables desde los que interpretar
correctamente el resultado de la cita. Paralelamente, los que no se atrevieron
a abrir sus negocios, los que no tenían claro si acudir o no a su puesto de
trabajo, aseguran que temían los piquetes que se paseaban por las calles
informando de la huelga, que no siempre actuaron con la corrección que deben si
de verdad se quiere respetar la libertad de opción de los ciudadanos.
En nuestra ciudad, el cómputo de
participación en la calle ha sido escaso, aunque no tanto en el cierre de
comercios, que sí ha sido significativo desde el punto de vista del número, a
los que debemos sumar la práctica totalidad de los trabajadores de la
construcción y empresas de la envergadura de la antigua Koipe. El resto, pues
como ocurre siempre, que a media mañana, cuando comprobó que no pasaba nada y
que muchos establecimientos habían abierto, hicieron lo propio y acabaron el
día como si se tratara de una jornada laboral normal. De lo que esta actitud
supone para la ciudadanía y su futuro, las lecturas son variadas: desde los que
entienden que este tipo de citas no sirven de nada, a los que están
frontalmente en contra porque aseguran que un paro generalizado hace pensar a
la clase política y le fuerza a cambiar sus políticas sociales. Tampoco podemos
obviar a los que se muestran radicalmente opuestos a que en las calles sea
donde se reclame lo que nos pertenezca. Y así lo hemos visto en las imágenes
que las televisiones nacionales nos han servido, con presiones y palos
policiales, con menosprecios visibles desde algunos balcones y con asistencias
masivas a la convocatoria.
En nuestra comunidad, los sindicatos han cifrado en
un 80 % el seguimiento de la huelga general hasta el mediodía, porcentaje que
la delegada del Gobierno ha rebajado a menos del 50 %, aunque no ha tenido más
remedio que reconocer un paro casi total en la recogida de basuras de las
grandes capitales. Afortunadamente, no se han contabilizado incidentes
destacables, salvo once detenidos, la mayoría de ellos integrantes de piquetes,
y siete heridos leves, cuatro de ellos policías nacionales. Si tenemos en
cuenta que en el resto del país la desigualdad en la respuesta ha sido la
norma, quizá lleguemos a entender que, cuando ni siquiera en una situación
laboral y económica tan complicada y peligrosa para el futuro de la ciudadanía,
somos capaces de ponernos de acuerdo, mal, muy mal, tenemos el futuro. El miedo
a perder el empleo, el temor a ser atacados por los integrantes de los
piquetes, la pérdida de parte del sueldo, etc., han sido determinantes a la
hora de contabilizar los resultados generales de la huelga de ayer. Ya son dos
las que controla el Gobierno del Partido Popular. A partir de ahora veremos las
consecuencias que se derivan de ésta, si es que tiene alguna, por
supuesto.