lunes, 10 de diciembre de 2012

ANDRÉS BORREGO, DIÁCONO DIOCESANO

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Un hombre, porque debe ser hombre,  que ha recibido el primer grado del sacramento de órdenes sagradas por la imposición de las manos del obispo, es un diácono. Es la definición más sencilla o elemental del nombramiento. En cuanto a sus funciones concretas, asistir a los sacerdotes en la predicación de la Palabra, la administración del bautismo, los matrimonios, la administración de las parroquias y otros servicios. Los que acaban como sacerdotes, antes son ordenados diáconos, conocidos durante este tiempo como   diáconos transitorios, porque caminan hacia el sacerdocio y para distinguirlos de los diáconos permanentes, porque el diaconado es para siempre. Fue después del Concilio Vaticano II cuando se restauró la práctica de permitir ejercer como diáconos permanentes a hombres casados. En el caso de quienes deciden ser ordenados diáconos siendo solteros, están obligados a mantener el celibato permanentemente. Es más, un diácono casado que ha perdido a su esposa, no puede volver a contraer matrimonio.

Estos escasos detalles se los comentamos para situarles ante la noticia que se produjo el pasado jueves en nuestra ciudad, concretamente en la parroquia de Cristo Rey, y en la que se nombró como diácono a Andrés Borrego Toledano, en el que concurre, además, el hecho de que es el primero que se nombra en nuestra diócesis. Lo hizo monseñor Del Hoyo, nuestro obispo, que se encargó de pregonar las virtudes que se acumulan en el elegido y en las que dejó claro que se trata de una persona de rectitud a toda prueba, católico y cristiano de los pies a la cabeza y un esposo y padre ejemplar. El templo, por usar un símil taurino, colgó en la puerta un cartel en el que pudimos leer que no había localidades. Lleno completo de un público fervoroso y participativo, atento a la totalidad del evento, un coro de voces angelicales que adornó todo el contenido y una religiosidad no habitual que emanaba cristianismo a manos llenas de parte de los asistentes. Los mensajes fueron contenidos y muy pedagógicos, y sirvieron para documentar a la comunidad que asistía atenta al desarrollo del acto.

Vimos al diácono recién estrenado, a nuestro amigo Andrés Borrego, radiante de felicidad, aunque en ningún momento se vio superado por los acontecimientos. Al contrario, se mantuvo firme durante toda la ceremonia, que diremos fue espléndida, sorprendente en algunos momentos y esplendorosa en su totalidad, incluyendo los textos y las formas que se usaron para desenvolverse en el altar de la parroquia. La presencia de seminaristas, párrocos de nuestra ciudad y otros venidos de fuera, y del obispo emérito de Cádiz y del propio obispo de la diócesis, firmó instantes de auténtica grandeza que fueron agradecidos con fuertes aplausos cuando fueron invitados a premiar al nuevo diácono.

Con todo, Andrés Borrego, de lo que conoce bien porque lo ha vivido desde siempre y se mantiene en su puesto como excepcional capitán de navío, es de solidaridad, de esfuerzos en favor de los más necesitados, de no permitir que ningún ser humano no ingiera alimento antes de irse a dormir y que el descanso lo haga bajo techo. Su vida siempre ha discurrido por estrechas e injustas veredas, por despachos ocupados por egoístas sin corazón, por llantos incontenidos procedentes de respuestas intempestivas e insolidarias.



Afortunadamente, nunca ha estado solo. Primero, su familia, sus hijas y su esposa, y su madre; luego, sus compañeros de entrega, que no son pocos y que parece que han sido tocados por una varita mágica. Finalmente, sus amigos, esos seres extraños y escasos que suelen aparecer justo cuando el mundo se te viene encima y te recuerdan que no estás solo. Todo él, cuyo mayor error, aunque enriquecedor en extremo, es que nunca ha sabido decir que no, no ha ido más allá que servir: para pregonar a la Virgen, a las bondades de la vida, para enjugar las lágrimas del necesitado, para formar a la gente joven en las aulas y en el coro, para recorrer el mundo acompañando a los escolares ávidos por descubrir, por divertir sobre el escenario con su familia de Diónisos, por estar siempre presto y dispuesto a la ayuda… Pero, sobre todo, por ser un ejemplo para muchos de nosotros.