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La noticia es tan escueta como
dramática y dice así: un usuario de bicicleta, italiano, de 54 años, que
circulaba por un túnel de la
Puerta de Toledo de la capital de España, fue alcanzado por
un vehículo patrulla de la
Policía Nacional con resultado de muerte. Esto ocurría el
pasado lunes y todo indica que la ausencia de señales luminosas en el vehículo
de dos ruedas permitió que el conductor no le viera en el interior del paso
subterráneo. Como habrán podido comprobar, se trata de un accidente que se basa
en la falta de elementos reflectantes en la bicicleta. La posterior
precipitación de los acontecimientos no tiene otro origen. Pero como esto
ocurre a diario en cualquier punto de cualquier ciudad, de día y de noche, a
todas horas, podíamos decir que era de esperar que este accidente se produjera.
No obstante, los usuarios de este
tipo de vehículos, sabedores del riesgo que asumen cuando la usan porque la
mayoría de ellos son habituales conductores de vehículos a motor, no acaban de
aceptar las normas en vigor y las exigencias concretas con las que deben
equipar el vehículo en beneficio de su seguridad y no por capricho de nadie. De
hecho, en estos momentos, ante la decisión de la actual directora general de
Tráfico, de implantar el uso del casco también en la ciudad, escuchamos todo
tipo de inconvenientes basados en banalidades y claramente inconsistentes. Es
decir, que es la negativa por la negativa a aceptar que nadie ponga la mano sobre
la bicicleta, para que cada cual haga lo que le convenga sin prestarle atención
al resto de usuarios y no aceptar ningún tipo de señalización que les menoscabe
su legítimo derecho, sin limitaciones, a usar estos vehículos cuando quieran y
donde quieran. Y nos parece bien, aunque tendrán que aceptar que no todos
merecen subirse a una bicicleta precisamente porque el riesgo que representan
para sí y el colectivo es enorme.
El atropello de este ciclista en
Madrid confirma que es necesaria y urgente la toma de decisiones en torno al
uso que se hace de la bicicleta. Una de ellas, concretamente la del casco, forma
parte de foros y encuentros especializados. La otra, la posible exigencia de un
cursillo de aproximación a la circulación rodada que es probable se le acabe
pidiendo a quienes gusten de ésta para desplazarse por las ciudades y fuera de
ellas, que tampoco ha sido aceptada por este colectivo ni de buena ni mala
gana; sencillamente la han rechazado de plano. Ya lo decíamos la semana pasada:
Tráfico trabaja con interés en la decisión de obligar a usar el casco en las
ciudades también a los ciclistas basándose en que los fallecimientos del año
pasado y de otros anteriores supera los quince anualmente y el convencimiento
de que al menos pueden paliarse las consecuencias de estos accidentes. En
cuanto a si se exigirá una especie de examen para poder usar la bicicleta,
tengamos en cuenta que a veces, y en
este asunto digamos que una gran mayoría parece que trabaja en conseguir que
así sea por cómo circulan, el desconocimiento que muestra el ciclista en la
interpretación de la señalización es manifiestamente peligroso para él y el
resto de usuarios.
A partir de ahora, cuando el buen
tiempo comienza a estabilizarse, la presencia de estos vehículos en calles y
carreteras aumentará de forma considerable y, consecuentemente, el peligro que
representan a veces por su especial manera de interpretar lo que para ellos es circular
con seguridad. Si a todo esto le sumamos que mantenemos en vigor nuestra
petición a la autoridad responsable de una señalización concreta que anuncie a
los conductores de vehículos de la presencia de ciclistas en carreteras como la
del Santuario o la de la Cadena ,
lo que rogamos a las partes es que asuman su papel con todo el rigor que les
sea posible, ya que finalmente lo que importa son las vidas de unos y de otros.
Y por lo que sabemos el más débil es el ciclista.