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A lo largo del recorrido, extenso e
intenso, que procesionó ayer a la
Virgen de la
Cabeza por las calles de Andújar, comprobamos que,
mayoritariamente, los fieles respondieron como la cofradía esperaba a que ésta
se trasladara a su ermita desde san Miguel como lo hacía hacía años, es decir,
a costal. Por supuesto, la patrona recibió todo tipo de ovaciones, vítores,
oraciones y rogativas de parte de los asistentes, que para como están los
tiempos, con tantas necesidades por cubrir, nada mejor que confiarle a Ella
nuestro futuro, y más cuando comprobamos que aquí, en este valle de lágrimas,
no se perciben los brotes verdes a los que tanto echan mano los políticos para
tranquilizarnos. En cuanto al hecho de que la estética desde la que cofradía
decidió que debía realizarse el traslado hasta su ermita, como no podía ser de
otra forma, ha recibido todo tipo de interpretaciones, desde las que no dudaron
en calificarla de éxito hasta las que entendieron que no era la mejor elección.
No han faltado tampoco,
afortunadamente, los que asumieron desde el primer instante que la Virgen era la auténtica y
única protagonista del evento y que el papel de los que habitualmente soportan sobre
sus hombros su peso no necesitaban del protagonismo que habían adquirido a lo
largo de los últimos años, y quizá solo y exclusivamente por disfrutar de esos
momentos, acudían en masa a incorporarse a la comitiva para ser vistos en los
desproporcionados movimientos a las que sometían a la Morenita. Ya les decimos que
hemos escuchado de todo, desde los que, suponemos que, dolidos por no
participar de acto tan solemne, se atrevieron a calificarlo como si del paso
del Santo Entierro se tratara hasta los que se felicitaron por la decisión de
la cofradía, porque aducían que urgía cambiar la imagen de tierras marismeñas
que desprendía este habitual procesionamiento por las calles de la ciudad a la
vuelta de la novena. Para algunos, la música no era la adecuada, todo lo
contrario que entendieron otros; lo mismo que no echamos de menos tampoco las
opiniones de quienes no encontraron defecto que echar en cara a la organización.
Pero como entre nosotros lo habitual es poner en tela de juicio todo lo que
hacen los demás, sea lo que sea y sirva para lo que sirva, no es cosa de que
les dediquemos espacio a detalles de escasa trascendencia, puesto que, además,
quienes no se sientan representados como les gustaría, existen mecanismos de
sobra en la cofradía como para que sus críticas o desacuerdos lleguen a la
junta directiva sin ningún tipo de filtro interesado.
Los responsables de una entidad de la
importancia de la cofradía de la patrona desarrollan sus obligaciones desde el
consenso y sus tareas están presididas desde el mandato de los cofrades, que
para eso tienen la oportunidad de expresarse cuando son llamados a las
asambleas, y no para decidir no asistir y luego menospreciar los planteamientos
que han hecho los que sí estuvieron presentes. Al fin y a la postre, esta
actitud también supone un esfuerzo y por supuesto que una posición humilde y
amorosa ante quien se le debe fervor y devoción. Quizá es que estemos
demasiados acostumbrados a que todo lo que ha tenido relación con la cofradía
era algo que debían solucionarlo los que la dirigían y no quienes en realidad
recae esta responsabilidad, que no son otros que los cofrades, y quizá por este
detalle sin aparente importancia sigamos en la misma línea de siempre, o sea,
la de criticar porque sí.
Afortunadamente
para la patrona y su devoción, para la cofradía y sus integrantes, Andújar
vivió ayer una tarde noche memorable. Y esto es lo que nos debe importar. El
resto, aunque sin menosprecio alguno para no caer en los mismos errores de los
habituales críticos, deberían plantearse en los foros adecuados siempre que
merezcan la pena. Mientras lo que llega a la cofradía desde las redes sociales
sea lo que vale, con el peligro que supone que acabe imponiéndose, la
preocupación debería ser otra. Los caminos o cauces de interpretación de las
decisiones que toma la cofradía entendemos deben discutirse en la sede de ésta
en la calle Vendederas. El anonimato, las malas intenciones y los intereses
ocultos de muchos de los que tienen por costumbre comunicarse por estos fríos
canales, no siempre dan el resultado que se espera de ellos.