martes, 4 de junio de 2013

MÁS SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO CONTRA LA MUJER

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Si los números no nos fallan, o al menos hasta el momento en el que redactamos este comentario, veinticuatro mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas en lo que va de año, siete más que en el mismo período del ejercicio pasado. Es lógico por tanto que cada día que pasa se reclame con más fuerza la necesidad de que desde todos los foros de poder se aumenten los controles que nos aseguran existen a favor de las mujeres a las que sus respectivas parejas les han anunciado que las matarán en cuanto les sea posible, y no menos sobre las que, sin haber presentado denuncia en firme, pesa la presión de la familia para que no lo haga, detalle del que por cierto no deberíamos de presumir y que por el momento ha servido para que los maltratadores sigan campando a sus anchas sometiendo a su compañera a todo tipo de vejaciones físicas y psicológicas. Con todo, la reticencia a denunciar no solo consolida una peligrosa situación entre la pareja, sino un miedo irrefrenable de la mujer a perderlo todo, a verse en la calle sin amparo y con los hijos de por medio, porque es cierto que, cuando éstos no existen, las denuncias y la salida del hogar es más regular. Si a esto le unimos el hecho de que la situación económica no es la más idónea para tomar decisiones tan drásticas, quizá entendamos mejor las decisiones de algunas mujeres por la dependencia económica del esposo o compañero.

Las dos semanas pasadas, en las que recuerden fueron asesinadas nada menos que seis mujeres, han sido determinantes para que la clase política, habituada a mirar de soslayo el  tema de los malos tratos, haya tenido la oportunidad de aparecer en los medios de comunicación desde sus habituales atriles con el logotipo de su partido detrás para contarnos lo mismo de siempre: que trabajan intensamente en el control de este fenómeno, que han activado más controles de los habituales y que los Cuerpos de Seguridad del Estado trabajan incansablemente en el seguimiento y control de estos desalmados. Es decir, repetimos, lo mismo de siempre. En cuanto la noticia deja de serlo, cuando de nuevo se impone el día a día, el tema deja de interesarles y solo vuelven a él cuando las circunstancias así lo exijan. Posiblemente no sea así y que sea verdad que se trabaja en lo que nos cuentan, pero en la calle se tiene la sensación de que se trata de un brindis al sol de escasa credibilidad  entre la población, y no creemos que sea el mejor momento para enfrentarse a la extendida opinión de la ciudadanía sobre este asunto, además de que debía ser tenida más en cuenta de lo que habitualmente hacen nuestros representantes.

Mientras, la Justicia mantiene su incongruente interpretación de los hechos y de ahí que podamos leer sentencias absurdas y desde luego que nada preocupantes para quienes forman parte del grupo potencial de asesinos de mujeres. Porque entendemos que es lo primero que debía ser tenido en cuenta en el momento en el que se decide sentenciar al autor de la muerte de su compañera, ya que, si es cierto que los maltratadores perciben primero y desarrollan después el efecto dominó, que ha sido aceptado, por cierto, por una parte importante de psicólogos y sociólogos como determinante de muchos de los asesinatos que se acumulan, también debería de serlo el castigo que reciben estos delincuentes, que es muy probable les sirva para frenar su injustificada ansia de venganza. Y luego está lo de la orden de alejamiento a cien, doscientos o trescientos metros, porque este detalle finalmente no siempre es tenido en cuenta por el afectado, porque sinceramente no nos lo imaginamos con un metro en la mano midiendo hasta dónde puede o no acercarse a la vivienda familiar o a su antigua pareja. Y es que aceptamos que este tipo de órdenes mantiene en permanente estado de alerta a la policía y al propio interesado, pero no será el primero que ha sido violado por parte de alguno de los dos implicados, cuando no los dos, es decir, esposa maltratada y maltratador, quizás convencidos de que pueden recuperar el tiempo perdido y el sentido común.