viernes, 23 de noviembre de 2007

LA LIBERTAD Y LA DIGNIDAD DE LA MUJER, ¿UNA QUIMERA?




Es evidente que todo lo que tiene relación con la mujer, en manos de algunos cínicos aprovechados, puede servirles para sus maquiavélicos fines. La ley en vigor que las defiende del hombre y de los malos tratos que les proporcionan, por ejemplo, estuvo a punto de salir del Congreso de los Diputados casi huérfana, porque hasta el mismo día de ser sometida a votación se dudaba de que el gran partido de la oposición la apoyara. Suponemos que intuyeron que, una vez en vigor, podrían obtener de su apoyo algún favor ciudadano y de ahí que decidieran el sí, aunque sin convicción y con pocas ganas de abanderar su implantación y ejecución, como por otra parte hemos comprobado. En la misma línea comportamental de la clase política, y como dato esclarecedor, durante los ocho años que el Partido Popular se ocupó de los destinos del país, nunca tuvo tiempo para dedicarlo a la mujer y su realidad, y eso que seguían recibiendo golpes a diestro y siniestro y morían asesinadas en número de entre cincuenta y sesenta al año. Sin embargo, sí decidió protagonizar, pero con más mar de fondo y con el apoyo de la Iglesia y sus medios de comunicación, salir a la calle gritando estar en contra de la aprobación de la ley que permitía la unión de personas del mismo sexo, portando pancartas anunciando poco menos que el fin del mundo. Luego, como no podía ser de otra forma, con el tiempo en su contra, ha ocurrido lo que todos preveíamos, es decir, que ni se ha roto la familia ni el mundo; es más, nadie se preocupa ahora de lo que hace sólo unos meses parecía importar a millones de personas.

Pero como es la mujer la que nos interesa hoy por razones obvias, ya que el domingo se conmemora el día internacional contra la violencia hacia las mujeres o de género, lo menos que podemos hacer como medio de comunicación comprometido es compartir con ustedes nuestra preocupación por la evolución que registra actualmente la violencia del hombre sobre la mujer. Sepan ustedes que, en lo que va de año, sesenta y nueve mujeres han sido asesinadas por sus hombres, ya sean maridos, novios, parejas estables o no, o simplemente vecinos calentones a los que no se les atendieron sus apetencias sexuales. A estas alturas, analizados los rasgos más característicos de estos personajes sin alma y con mala leche para dar y tomar, sabemos que están representados todos los segmentos de la sociedad, que no faltan los universitarios ni los que no fueron al colegio; que están también los que en la calle tienen ganada la gloria y en sus hogares son verdaderos demonios; no faltan los que tienen trabajo y los que nunca lo han buscado, porque les ha gustado vivir de los demás, especialmente de las mujeres; que están también los que andan mal de la azotea y los que consumen drogas, especialmente alcohol en cualquiera de sus formas… No echamos de menos a nadie en este espantoso escaparate en el que se exponen las verdades de unos míseros cobardes a los que la Justicia nunca debió dar oportunidades sencillamente porque no se las merecen, y menos la clase política, responsable directa del Estado de Derecho y, por tanto, de la redacción del articulado de las leyes que permiten la convivencia pacífica de todos.

Estamos convencidos de que, debido precisamente a la pasividad y la intrascendencia con la que han pasado algunos de nuestros políticos más representativos por los cargos de poder, alguno de ellos capaz de llevarnos a una guerra, pero incapaz de mover un dedo a favor de la mujer y su particular calvario, hoy aún estamos hablando de un problema social fuertemente enquistado en nuestros fundamentos más primitivos y que florecen favorecidos, en parte, por la pasividad con la que se enjuician sus desmanes. Los políticos están obligados, por encima de todo, a proteger a la ciudadanía, y muy especialmente a las mujeres de los ataques tan sangrientos como injustos que sufren. Si no, no se entiende que aún estemos casi en el mismo punto de partida, que con leyes que han superado el Congreso y el Senado, el mundo femenino siga inmerso en un pozo sin fondo y que, cada vez que intenta dar un paso hacia su libertad, le corten el cuello a alguna de sus integrantes.
Lo vergonzoso de este asunto es que la mujer, al día de hoy, aún deba seguir luchando por su dignidad, que tenga que salir a la calle reclamando atención para su causa ante una sociedad insolidaria e hipócrita, que protagonicen concentraciones pidiendo no más muertes entre las mujeres. Creemos sinceramente que el tiempo de las poses políticas, de la intrascendencia con la que se trata el asesinato de las mujeres, debe dejar paso a decisiones concretas, a actuaciones decididas…