
Los técnicos que analizan los movimientos sociales de cualquier tipo, los que conocen a fondo las características del ser humano, aseguran que en situaciones como las vividas este fin de semana es cuando mejor se demuestran las ansias que tenemos de diferenciarnos de aquellos que analizan y deciden desde parámetros distintos. Quizá por eso no exista tanta diferencia entre unos y otros, porque se trata sólo de cambiar el lugar desde donde observamos habitualmente la actualidad para darnos cuenta. La conmemoración del día contra la violencia de género, con la mujer como centro de atención, ha confirmado en parte lo que les decimos, porque ni siquiera el dolor y el sufrimiento que padecen y la imperiosa necesidad que tienen de encontrar auxilio de los poderes públicos, ha conseguido que sus representantes se muestren solidarios y unidos por una causa tan urgente como legítima.
Todos los partidos políticos, suponemos que unos más convencidos que otros, han querido dejar constancia pública de su rechazo y han firmado comunicados en los que han plasmado lo mejor de su cosecha demagógica, aunque aceptemos que algunos han mostrado más sinceridad que otros. Sin embargo, ninguno de ellos ha sido capaz de dejar de lado las clásicas e insoportables puestas en escena que protagonizan algunos de sus líderes, más que nada por la imperiosa urgencia que demanda la mujer para su causa. Cierto que parte de la clase política ha conseguido para sí mismo justificación apoyando las leyes recientemente aprobadas a favor de las mujeres y que ha dado un gran paso hacia la erradicación de los malos tratos, pero no lo es menos que han perdido demasiado tiempo, detalle que queda confirmado por las casi trescientas mujeres asesinadas en los últimos cinco años y la frivolidad con la que se ha trabajado en este asunto durante este período. De hecho, es bochornoso el uso interesado que algunos hacen de algo tan doloroso como son los malos tratos que sufren algunas mujeres, cuando todos sabemos que si no hubiera sido por la fuerza que la mujer ha demostrado durante esta etapa, en solitario y a través de las asociaciones que las representan ante las diferentes administraciones, desde luego que otro sería actualmente el panorama en el que se desenvolverían y por supuesto que menos esperanzador que el de hoy.
La actualidad es la siguiente: a nivel estatal, existe una ley aprobada en el Congreso de los Diputados hace ahora un año que está comenzado a dar sus frutos; con rango autonómico ha sido aprobada otra hace sólo unos días que persigue los mismos fines, es decir, amparar a la mujer de los malos tratos y también en el mundo laboral. Enfrente, sesenta y nueve mujeres han sido asesinadas en lo que va de año; por el momento, una más que el anterior. Por supuesto, no se nos olvida la otra realidad, la de la mujer acosada, vejada y maltratada psíquica y físicamente por su pareja, de la que se conocen miles de casos, aunque no denunciados ni por ella ni sus familias, que andan aún convencidas de que el maltratador cambiará en poco tiempo. De por qué se mantienen estas situaciones, de las razones que impiden a la mujer recuperar su libertad abandonando a su pareja cuando deja de recibir de ella cariño y comprensión, es evidente que los responsables de la política nacional han dejado pasar el tiempo peligrosamente y que ahora, por mucho que quieran recuperarlo, no podrán evitar que sigan muriendo mujeres a manos de sus parejas o ex parejas. Una clamorosa deficiencia concreta sale de los juzgados con preocupante frecuencia y es la que obliga a la mujer maltratada a abandonar su hogar en favor del maltratador, que es a quien benefician estas incongruentes sentencias. Por otra parte, señoras y señores, cuando una mujer decide denunciar a su compañero o esposo por malos tratos ante la autoridad competente, ¿qué debe hacer si en ese momento no acude el Estado en su ayuda y le proporciona un lugar en donde refugiarse de la ira del hombre que la maltrata?
Como ven, la mujer no acaba de sentir de cerca el aliento político y social que le permitiría tomar las decisiones que cambiaran su vida. Existen leyes, sí, pero hay que aplicarlas y, al tiempo, seguir las resoluciones judiciales con lupa, porque muchas de ellas merecen ser incluidas en el libro de las barbaridades, en caso de que exista.