Pasado mañana conmemoraremos el Día Mundial del Niño. Corría el año 1954 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas recomendó que todos los países instituyeran el Día Universal del Niño, fecha que se dedicaría a la fraternidad y a la comprensión entre los niños del mundo entero y se destinaría a actividades propias para promover el bienestar de los niños del mundo. La Asamblea sugirió a los gobiernos que celebraran este día en la fecha que cada uno de ellos estimara conveniente, aunque el día 20 de noviembre marca la fecha en que la Asamblea aprobó la Declaración de los Derechos del Niño en 1959 y la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989.En septiembre de 2000, durante la Cumbre del Milenio, los líderes mundiales elaboraron los ocho objetivos de desarrollo del Milenio, que abarcan desde la reducción a la mitad de la pobreza extrema hasta la detención de la propagación del sida y la consecución de la enseñanza primaria universal para el año 2015. Aunque los objetivos del Milenio están dirigidos a toda la humanidad, se refieren principalmente a la infancia. El UNICEF nota que seis de los ocho objetivos incumben directamente a la infancia y que la realización de los dos últimos también traerá mejoras fundamentales a las vidas de los niños y niñas, pero como pueden apreciar se trata de lo mismo de siempre, es decir, declaraciones pomposas sobre las actuaciones que sobre el papel se comprometen los países a acometer y que luego se quedan en nada. De hecho, los 193 países miembros de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (la FAO), han adoptado estos días una declaración final en la que se comprometen a erradicar el hambre en la fecha más cercana posible, y si tenemos en cuenta que el número de personas que sufren escasez de alimentos en el mundo, que era de 850 millones en 2008, pasará a ser de unos mil millones este año, la urgencia no parece que necesite más justificaciones. Y lo que es peor, de esta terrible cifra de hambrientos, la mayoría son niños.
Los líderes mundiales que se han reunido en Roma, aseguran que a la búsqueda de soluciones que palíen de forma inmediata el hambre en el mundo y conseguir los retos previstos para el 2015, finalmente no han firmado nada excepcional. De sus discursos podemos extraer todo tipo de conclusiones, aunque desgraciadamente casi todas dirigidas a la galería y pocas viables. Se ha hecho hincapié en que, si los Estados de todo el mundo han sabido frenar la crisis económica actual, para lo que han invertido trillones de dólares a fondo perdido, lo mismo podía y debería hacerse para erradicar el hambre y la pobreza de quienes lo tienen todo en contra, como es el caso de los niños. Cuando llega el momento de las votaciones, cuando los líderes descienden del atril en el que han pronunciado un discurso que les honra, ninguno firma el documento que le compromete a aportar el dinero que le corresponde del reparto que se ha previsto para todos los países.
No obstante, no es cierto del todo que no se recaude dinero destinado para lo que se conoce como el tercer mundo y los niños como reclamo idóneo, pero sí lo que es existe una red corrupta que la encabezan los mismos presidentes de los países a los van destinados alimentos, maquinaria y dinero, y a partir de ellos se produce un reparto egoísta de lo que hasta allí llega procedente del resto del mundo. En consecuencia, cuando la ayuda internacional llega a manos de los necesitados, es casi inapreciable, confirmándose que el enemigo lo tienen en su propia casa y que está decidido a enriquecerse a su costa. Eso sí, los usan como imagen excepcional para atraer ayudas, para ablandar las conciencias de los más sensibles y luego los dejan tirados en mitad del camino. Sin duda y con diferencia, es la forma más horrenda de fabricar pobres, de ahondar en la miseria a quienes ni siquiera tienen la oportunidad de expresarse ni reclamar justicia.