
Por el momento, parece que todas las previsiones de felicidad para el futuro más inmediato, la inmensa mayoría las trasladamos al próximo día 22, el gran día de la lotería, el del gordo, justo el que nos devolverá a la realidad más cotidiana cuando comprobemos que nuestros números, porque pocos serán los que lleven sólo uno, no han sido agraciados. Otra vez lo de siempre; otra vez con las miradas puesta en el otro sorteo, el que anuncian a bombo y platillo que toca más dinero que en el de Navidad. Éste es conocido como el del niño y en él volveremos a depositar nuestras ilusiones de una vida mejor sin que para ello nos veamos obligados a esfuerzo físico o psíquico. Luego el día a día de las apuestas habituales nos devolverá a la realidad, siempre con el mismo objetivo de enriquecernos de una vez y para siempre, que los nuestros de ahora y los que vengan disfruten del pelotazo que pegó el padre o el abuelo, y que les dejó ricos para siempre. Siendo sinceros, admitamos que los sorteos de navidad y reyes son dos citas a las que acudimos quizá por costumbre, además de hacerlos convencidos de que este año va a ser el que nos va a quitar de madrugar y de pasar estrecheces.
Pero antes de estos dos eventos loteros, y durante todo el año, no hacemos otra cosa que buscar la suerte en forma de dinero, de mucho dinero, que nos puede llegar procedente de la lotería de los jueves o de los fines de semana, o de la bono loto, o la primitiva, o la loto europea, o el boleto que hay que rascar, o el de la ilusión de cada día, o el del fin de semana, o la quiniela… Y luego están las maquinitas que nos invitan sin recato, con sonidos y luces, a que les echemos unas monedas con la promesa de un premio mucho mayor. A éstas parece que nos gusta usarlas a la hora del café, y dará igual que sea a primera hora de la mañana o a medio día o la tarde, porque siempre tienen a alguien presto a no dejarla sola, como si de un acto de amor, y no de avaricia, se tratara. Por supuesto, tampoco echamos de menos las participaciones que nos llegan procedentes de los colegios, por aquello del viaje de estudios de los alumnos; o de la asociación de vecinos de tal o cual barrio, que también cuentan a la hora de dedicar parte de nuestros euros a este pernicioso y peligroso menester.
Y luego viene lo peor de esta historia, porque no todo podía ser tan fácil, y menos cuando de por medio existe un elemento sin el cual no es posible disfrutar o participar en cualquiera de ellos; efectivamente, se trata de nuestro dinero, ese que por cierto cada vez escasea más y que cada vez nos cuenta más esfuerzo conseguirlo. Ese que nos sirve para pagar las deudas que hemos contraído, el que nos permite llegar a fin de mes con algo de holgura y el que nos deja vivir con relativa comodidad. Bien, pues más parece que nos quema en los bolsillos por lo decididos que estamos a jugárnoslo en lo que sea. Es como si no le tuviéramos apego, como si se tratara de un amigo de poco fiar al que hay que dejar pronto, no sea que acabe haciéndonos daño.
Y hasta aquí hemos llegado, porque a partir de este momento, justo cuando esta vorágine empieza a pasarnos factura, es cuando ya no podemos pasar sin la maquinita del bar de la esquina o sin el boleto de la lotería primitiva o la quiniela. Es el momento el que no hay vuelta atrás sin ayuda, cuando se roba, se pide prestado o se acaba con los recursos familiares. Justo entonces estas personas reciben el nombre de ludópatas, es decir, enfermos adictos al juego, capaces de vivir en la miseria, él y los suyos, con tal de conseguir unos euros que introducir en la ranura de la maquina de luces y sonido que lo llama desde la cafetería de al lado. Antes se habrán quedado sin empleo remunerado, la familia se habrá roto y el futuro lo tendrán algo más que complicado.
Mientras, nuestros gobernantes, capaces de invertir miles de euros en la recuperación de estas personas, no muestran capacidad de entendimiento al incentivar descaradamente la participación en todos los sorteos que ellos controlan y también los de las organizaciones no oficiales, pero de las que también obtienen pingües beneficios. ¿No sería mejor acabar con tanto señuelo y dirigir los esfuerzos económicos de todos en la consecución de una sociedad más sana y consecuente?
Pero antes de estos dos eventos loteros, y durante todo el año, no hacemos otra cosa que buscar la suerte en forma de dinero, de mucho dinero, que nos puede llegar procedente de la lotería de los jueves o de los fines de semana, o de la bono loto, o la primitiva, o la loto europea, o el boleto que hay que rascar, o el de la ilusión de cada día, o el del fin de semana, o la quiniela… Y luego están las maquinitas que nos invitan sin recato, con sonidos y luces, a que les echemos unas monedas con la promesa de un premio mucho mayor. A éstas parece que nos gusta usarlas a la hora del café, y dará igual que sea a primera hora de la mañana o a medio día o la tarde, porque siempre tienen a alguien presto a no dejarla sola, como si de un acto de amor, y no de avaricia, se tratara. Por supuesto, tampoco echamos de menos las participaciones que nos llegan procedentes de los colegios, por aquello del viaje de estudios de los alumnos; o de la asociación de vecinos de tal o cual barrio, que también cuentan a la hora de dedicar parte de nuestros euros a este pernicioso y peligroso menester.
Y luego viene lo peor de esta historia, porque no todo podía ser tan fácil, y menos cuando de por medio existe un elemento sin el cual no es posible disfrutar o participar en cualquiera de ellos; efectivamente, se trata de nuestro dinero, ese que por cierto cada vez escasea más y que cada vez nos cuenta más esfuerzo conseguirlo. Ese que nos sirve para pagar las deudas que hemos contraído, el que nos permite llegar a fin de mes con algo de holgura y el que nos deja vivir con relativa comodidad. Bien, pues más parece que nos quema en los bolsillos por lo decididos que estamos a jugárnoslo en lo que sea. Es como si no le tuviéramos apego, como si se tratara de un amigo de poco fiar al que hay que dejar pronto, no sea que acabe haciéndonos daño.
Y hasta aquí hemos llegado, porque a partir de este momento, justo cuando esta vorágine empieza a pasarnos factura, es cuando ya no podemos pasar sin la maquinita del bar de la esquina o sin el boleto de la lotería primitiva o la quiniela. Es el momento el que no hay vuelta atrás sin ayuda, cuando se roba, se pide prestado o se acaba con los recursos familiares. Justo entonces estas personas reciben el nombre de ludópatas, es decir, enfermos adictos al juego, capaces de vivir en la miseria, él y los suyos, con tal de conseguir unos euros que introducir en la ranura de la maquina de luces y sonido que lo llama desde la cafetería de al lado. Antes se habrán quedado sin empleo remunerado, la familia se habrá roto y el futuro lo tendrán algo más que complicado.
Mientras, nuestros gobernantes, capaces de invertir miles de euros en la recuperación de estas personas, no muestran capacidad de entendimiento al incentivar descaradamente la participación en todos los sorteos que ellos controlan y también los de las organizaciones no oficiales, pero de las que también obtienen pingües beneficios. ¿No sería mejor acabar con tanto señuelo y dirigir los esfuerzos económicos de todos en la consecución de una sociedad más sana y consecuente?