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Si nos remitimos a las noticias y al número de mujeres asesinadas desde primeros de enero de este año, vemos que se mantienen las mismas pautas de comportamiento por parte de los maltratadores, es decir, que siguen en sus trece de que sus ex mujeres, si no son para ellos, no serán de ningún otro hombre. Y dicho y hecho: las matan y se acaba su problema. Luego, unos deciden suicidarse, otros autolesionarse con el fin de engañar a la policía y otros sencillamente se entregan sin condiciones. Es evidente, por lo tanto, que se mantienen los mismos roles y que de nada o de muy poco han servido las diferentes campañas de sensibilización que desde el Gobierno y las autonomías se ponen en marcha regularmente. Es como si nos encontráramos en un callejón sin salida, en una guerra perdida de antemano, de la que salir ilesos es muy complicado. Y se entiende que sea así una vez conocemos la personalidad de estos individuos y nos aproximamos a sus posibilidades de recuperación, que sólo aceptan la muerte para su ex y para él y, cuando no, la cárcel es su mejor terapia.
Hasta hoy, diez mujeres han sido asesinadas. Así, diez tragedias familiares, con menores de por medio que han quedado huérfanos y a veces con sentencias judiciales que les obligan a convivir con el maltratador de su madre. Diez asesinatos que podían haberse evitado si todo hubiera funcionado como debía; primero, la mujer, que se sabía amenizada y que llevaba años perdonando a su compañero, que le aseguraba después de la habitual paliza de todos los días que iba a cambiar y que no volvería a ocurrir, y que por miedo nunca lo denunció; luego, el hombre, incapaz de reducir su odio a niveles aceptables, perdido en su propia miseria y convencido de que su honor no podía mancillarlo un ser menor, que eso era para él su mujer. Finalmente, las instituciones responsables de la seguridad de las mujeres amenazadas, que no siempre ejecutan su trabajo como se espera de ellas ni son capaces de aportar la comprensión y el calor que en momentos tan difíciles y tristes necesitan las mujeres que acuden a denunciar.
Desde este punto de vista, con diez mujeres fallecidas y un menor asesinado al mismo tiempo que su madre encima de la mesa, mirar para otro lado no parece procedente. Sin embargo, también los hombres, algunos hombres, sufren la incomprensión de la sociedad y de las instituciones. Éstos son aquellos que usaron de los cauces legales establecidos y decidieron separarse antes de llegar a situaciones límite por peligrosas y absurdas. A partir de ese momento no son pocos los que sufren el rechazo de su ex esposa de la peor forma conocida, ya que usan de los menores para castigar su osadía. Conocemos casos concretos que claman justicia desde hace tiempo, pero que por el momento es una guerra perdida. Quizá se deba a que lo que se lleva ahora es el maltrato del hombre sobre la mujer y no al contrario, y de ahí que ni siquiera se tengan en cuenta este tipo de circunstancias. Pero existe e incluso en mayor grado. De hecho, algunos son realmente espeluznantes y están basados en el odio que puede acaparar la persona, hombre o mujer, que no acepta la separación por las buenas. En uno de ellos, que conocemos de muy cerca, la ex esposa condena al marido y a la familia de éste, es decir, abuelos, tíos, primos y demás, a no ver a su hijo. Y lo hace apoyándose en las instituciones y las personas que las gestionan, que por el momento no atienden sus demandas de justicia y optan por dar la razón a quien es posible que les esté engañando. Por eso decíamos antes lo de la costumbre, que como lo que prima es que el hombre dañe a la mujer, en caso contrario no interesa y además es mentira.
Hasta hoy, diez mujeres han sido asesinadas. Así, diez tragedias familiares, con menores de por medio que han quedado huérfanos y a veces con sentencias judiciales que les obligan a convivir con el maltratador de su madre. Diez asesinatos que podían haberse evitado si todo hubiera funcionado como debía; primero, la mujer, que se sabía amenizada y que llevaba años perdonando a su compañero, que le aseguraba después de la habitual paliza de todos los días que iba a cambiar y que no volvería a ocurrir, y que por miedo nunca lo denunció; luego, el hombre, incapaz de reducir su odio a niveles aceptables, perdido en su propia miseria y convencido de que su honor no podía mancillarlo un ser menor, que eso era para él su mujer. Finalmente, las instituciones responsables de la seguridad de las mujeres amenazadas, que no siempre ejecutan su trabajo como se espera de ellas ni son capaces de aportar la comprensión y el calor que en momentos tan difíciles y tristes necesitan las mujeres que acuden a denunciar.
Desde este punto de vista, con diez mujeres fallecidas y un menor asesinado al mismo tiempo que su madre encima de la mesa, mirar para otro lado no parece procedente. Sin embargo, también los hombres, algunos hombres, sufren la incomprensión de la sociedad y de las instituciones. Éstos son aquellos que usaron de los cauces legales establecidos y decidieron separarse antes de llegar a situaciones límite por peligrosas y absurdas. A partir de ese momento no son pocos los que sufren el rechazo de su ex esposa de la peor forma conocida, ya que usan de los menores para castigar su osadía. Conocemos casos concretos que claman justicia desde hace tiempo, pero que por el momento es una guerra perdida. Quizá se deba a que lo que se lleva ahora es el maltrato del hombre sobre la mujer y no al contrario, y de ahí que ni siquiera se tengan en cuenta este tipo de circunstancias. Pero existe e incluso en mayor grado. De hecho, algunos son realmente espeluznantes y están basados en el odio que puede acaparar la persona, hombre o mujer, que no acepta la separación por las buenas. En uno de ellos, que conocemos de muy cerca, la ex esposa condena al marido y a la familia de éste, es decir, abuelos, tíos, primos y demás, a no ver a su hijo. Y lo hace apoyándose en las instituciones y las personas que las gestionan, que por el momento no atienden sus demandas de justicia y optan por dar la razón a quien es posible que les esté engañando. Por eso decíamos antes lo de la costumbre, que como lo que prima es que el hombre dañe a la mujer, en caso contrario no interesa y además es mentira.
Cuando se produce una ruptura matrimonial, los planteamientos que se derivan de ella deberían de ser controlados por especialistas en todas las variantes que demanda tema tan importante. Es posible que de esta forma se evitaran las situaciones críticas que conocemos y que muchas acaban siendo mortales para algunas de las partes, casi siempre la mujer. Pero también sobre el hombre, aunque la muerte de uno desgraciadamente no acabe siendo noticia.