Si tenemos en cuenta que cada día del
año se producen en España más de seiscientos desahucios, miles son los que
pierden su hogar todos los años. Y aunque estemos acostumbrados a que la clase
política no haga nada, que no mueva un dedo por nosotros y nuestro inmediato
porvenir, el hecho de que se mantenga esta terrible cifra en pleno auge y que
las situaciones se agraven por días nos produce un sentimiento de rechazo
sobre quienes tienen depositada nuestra
confianza para que nos gobiernen y, por tanto, cuiden de que ningún maleante, y
los banqueros lo son sin ninguna duda, se aproveche de nosotros. Por el momento, de poco ha servido el
movimiento social que se muestra intransigente ante esta situación, aunque les
reconozcamos su solidaridad y la defensa a ultranza que hacen de unos instantes
que, aunque acaban perdiendo, son críticos para los que lo pierden todo. Cierto que apoyan incondicionalmente a quienes
padecen el desahucio, que plantan cara a la policía, pero la realidad es que
más tarde o más temprano el moroso se queda en la calle.
En el lado contrario, es decir, a las
puertas de las entidades de crédito, nos encontramos con las acciones
preferentes que casi todas vendieron subrepticiamente a algunos de sus clientes,
es decir, que se trata también de una situación de justicia, pero como de ésta
debe responder la banca, con la
Iglesia hemos topado y el Gobierno ni siquiera mueve un papel
que evitara la ruina que sufren los que confiaron en sus bancos y cajas de toda
la vida. Si acaso, algún afortunado que ha puesto en la Justicia su caso, ha
conseguido que se le devuelva la cantidad depositada en unas acciones que para
nada le fueron detalladas como debían y que no hace falta que les digamos que
se trató en todo momento de un engaño en toda regla. Pues ahí los tienen
ustedes, reclamando en la calle que les reintegren las cantidades depositadas y
al menos por el momento la política a seguir es que se cansen. Ya veremos quién
termina antes tirando la toalla, pero entendemos que mientras tanto la Fiscalía General
del Estado debía echar una mano al más débil, al que se sabe con toda certeza
que ha sido engañado. Por todo esto, cuando insistimos en que somos un país de
chichinabo, que nadie se lleve las manos a la cabeza y nos descalifique. Nos
creemos sinceramente legitimados en nuestras apreciaciones.
