miércoles, 10 de octubre de 2012

LA DACIÓN Y LAS ACCIONES PREFERENTES

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Una de las demandas socialmente más compartidas, por extendidas y apoyadas, es sin duda conseguir que se apruebe la dación, es decir, que las personas que no puedan pagar su préstamo hipotecario, entregando el piso o la vivienda queden exentas del pago que les resta. Aún más sencillo: me quitan la casa, sí, pero también me eximen del abono del resto de la cantidad que adeudo.  Por el momento, la situación es que la entidad de crédito se queda con el piso y el que lo ha perdido debe seguir atendiendo los pagos que le restan por abonar. Obviamente, el único que sale ganando de esta dolorosa y terrible historia es el que presta el dinero, que cobra comisiones por todo antes de la concesión, que graba el préstamo con unos usureros intereses y que, cuando el deudor no puede atender las obligaciones que ha contraído, obtiene por una cantidad irrisoria un inmueble que luego pone a la venta de nuevo a precio de mercado  y le vuelve a sacar dinero. Mientras, el que se ha quedado en la calle porque no tiene ni para comer, sigue manteniendo la deuda, además de que le endosan los gastos que haya originado el desahucio. Así están las cosas y así seguirán hasta que llegue una clase política valiente que le plante cara a los banqueros y consigan para la ciudadanía lo que a todas luces es de justicia. Aceptamos que ha habido movimientos a favor de la dación, que los anteriores y los actuales gobernantes han mostrado interés por la situación que viven miles de españoles, pero solo han tratado de ganar tiempo.

Si tenemos en cuenta que cada día del año se producen en España más de seiscientos desahucios, miles son los que pierden su hogar todos los años. Y aunque estemos acostumbrados a que la clase política no haga nada, que no mueva un dedo por nosotros y nuestro inmediato porvenir, el hecho de que se mantenga esta terrible cifra en pleno auge y que las situaciones se agraven por días nos produce un sentimiento de rechazo sobre  quienes tienen depositada nuestra confianza para que nos gobiernen y, por tanto, cuiden de que ningún maleante, y los banqueros lo son sin ninguna duda, se aproveche de nosotros.  Por el momento, de poco ha servido el movimiento social que se muestra intransigente ante esta situación, aunque les reconozcamos su solidaridad y la defensa a ultranza que hacen de unos instantes que, aunque acaban perdiendo, son críticos para los que lo pierden todo.  Cierto que apoyan incondicionalmente a quienes padecen el desahucio, que plantan cara a la policía, pero la realidad es que más tarde o más temprano el moroso se queda en la calle.

En el lado contrario, es decir, a las puertas de las entidades de crédito, nos encontramos con las acciones preferentes que casi todas vendieron subrepticiamente a algunos de sus clientes, es decir, que se trata también de una situación de justicia, pero como de ésta debe responder la banca, con la Iglesia hemos topado y el Gobierno ni siquiera mueve un papel que evitara la ruina que sufren los que confiaron en sus bancos y cajas de toda la vida. Si acaso, algún afortunado que ha puesto en la Justicia su caso, ha conseguido que se le devuelva la cantidad depositada en unas acciones que para nada le fueron detalladas como debían y que no hace falta que les digamos que se trató en todo momento de un engaño en toda regla. Pues ahí los tienen ustedes, reclamando en la calle que les reintegren las cantidades depositadas y al menos por el momento la política a seguir es que se cansen. Ya veremos quién termina antes tirando la toalla, pero entendemos que mientras tanto la Fiscalía General del Estado debía echar una mano al más débil, al que se sabe con toda certeza que ha sido engañado. Por todo esto, cuando insistimos en que somos un país de chichinabo, que nadie se lleve las manos a la cabeza y nos descalifique. Nos creemos sinceramente legitimados en nuestras apreciaciones.