Imprimir
Por supuesto que ni de lejos se nos
ocurre asesorar o aconsejar a nadie, y menos a semejantes próceres de nuestra
aún débil democracia, pero sí que nos atrevemos a recordarles la trascendencia
que acaba teniendo todo lo que se dice ante los demás. De hecho, aceptar el
axioma o dogma que asegura que, una vez hemos dicho en público lo que hayamos
dicho, deja de pertenecernos para que la calle se apropie de nuestro verbo, o
verborrea, que a veces es la más adecuada calificación que podemos hacer sobre
lo que escuchamos. Aquello de que es mejor guardar silencio, de que asentir o
negar con la cabeza es lo más aconsejable cuando no se conoce el tema de que se
trata, no es ninguna tontería. Al contrario, nos permite quedar bien entre
nuestros compañeros de tertulia o ante el público al que estemos arengando o
convenciendo de que la situación económica que padecemos ha sido heredada y que
por esta razón están obligados a llevarnos al caos y la hambruna hasta que
aceptemos que la sociedad debe quedar claramente definida entre ricos y pobres.