martes, 9 de octubre de 2012

LA IMPORTANCIA DE CUIDAR LA IMAGEN PÚBLICA

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Incluso aceptando al pulpo como animal de compañía, no acabamos de entender cómo es posible que nuestros gobernantes hierren de forma tan desacertada cuando eligen a quiénes representarán a su Gobierno en las diferentes instituciones establecidas. Por las mismas, tampoco entendemos por qué algunos de ellos se meten en corral de cabras o gallinero revuelto y deciden intervenir aportando sus convicciones, interpretaciones o ideas sobre situaciones claramente dolosas padecidas por parte de la sociedad de la que se sustentan. Sin ir más lejos, lo que un exparlamentario del Partido Popular en Galicia, que ahora disfrutaba de uno de esos puestos que nadie sabe para lo que sirven, pero que le reportaban pingües  beneficios sin casi responsabilidad alguna, ha venido a decirnos sobre las leyes y las mujeres. Este empleado público era algo así como nuestro defensor ciudadano en el exterior, o sea, un cargo más honorífico que otra cosa y que en ningún caso le invitaba a asegurar que las leyes están para violarlas, como a las mujeres. Evidentemente, si mala es la comparación, peor es que se sitúe al lado de los violadores de mujeres, que para los de las leyes tenemos de sobra. Debemos interpretar, aunque luego, como es habitual, se ha desdicho de lo que han recogido los medios de comunicación, que este buen señor, que formaba parte de la nómina del Estado hasta hace tres días, o sea, la que pagamos los ciudadanos, nos propone acabar de una vez y para siempre dos de nuestras referencias morales más respetadas: la violación de la mujer y el respeto a las leyes. Las presiones deben haber sido muchas y no menos el desprecio de sus compañeros, que aunque quizá piensen como él, al menos tienen la delicadeza y el sentido común de guardar silencio, que el trabajo está muy mal.


Por supuesto que ni de lejos se nos ocurre asesorar o aconsejar a nadie, y menos a semejantes próceres de nuestra aún débil democracia, pero sí que nos atrevemos a recordarles la trascendencia que acaba teniendo todo lo que se dice ante los demás. De hecho, aceptar el axioma o dogma que asegura que, una vez hemos dicho en público lo que hayamos dicho, deja de pertenecernos para que la calle se apropie de nuestro verbo, o verborrea, que a veces es la más adecuada calificación que podemos hacer sobre lo que escuchamos. Aquello de que es mejor guardar silencio, de que asentir o negar con la cabeza es lo más aconsejable cuando no se conoce el tema de que se trata, no es ninguna tontería. Al contrario, nos permite quedar bien entre nuestros compañeros de tertulia o ante el público al que estemos arengando o convenciendo de que la situación económica que padecemos ha sido heredada y que por esta razón están obligados a llevarnos al caos y la hambruna hasta que aceptemos que la sociedad debe quedar claramente definida entre ricos y pobres.