Condicionados como estamos por el
deterioro manifiesto y doloroso de la sociedad de la que formamos parte, nunca
como ahora es fundamental sentar las bases desde las que poder actuar en
beneficio de la comunidad. Lo primero que necesitamos para afirmar nuestras
prioridades es conocer la realidad, lo que de verdad acontece a nuestro
alrededor y las posibilidades que tenemos de echar una mano allí donde seamos
necesarios. Ocurre, sin embargo, que como los frentes son muchos y las
necesidades más, todo lo que se nos ocurra será poco. Y todo porque al día de
hoy ocho mil son las personas que demandan empleo en nuestra ciudad, cuatro mil
las que no reciben ningún tipo de ayuda de instituciones o de la Administración y
mil ochocientos niños los que no se nutren adecuadamente. Con estos datos,
demoledores y sangrantes, como primer plato, quizá entendamos con más lucidez
el estrecho margen que existe entre estar mal y peor, que, por otra parte,
empeora por momentos. De hecho, de los cuatro mil desempleados que no tienen
derecho a ninguna subvención porque han agotado las que legalmente pueden
recibir, solo la ayuda de sus familiares les permite seguir en la desesperante
espera de un puesto de trabajo con algo de dignidad. Lo mismo ocurre con los niños
mal nutridos que están controlados por las organizaciones que dedican sus
esfuerzos a suplir estas deficiencias, que es verdad que la mayoría come dos
veces al día, al menos por el momento, pero también lo es que sus alimentos
básicos son el arroz y la patata. De carne, pescados y otras proteínas carecen
desde hace meses.
Nosotros, que venimos insistiendo
allí donde tenemos oportunidad de hacernos oír, que corren tiempos de
extraordinaria solidaridad, que es el mejor momento de intervenir en la vida de
los demás echándoles una mano y facilitándoles sus necesidades, estamos en
situación de asegurar que los malos tiempos que corren no tienen ninguna
intención de cambiar a mejor y que o nos involucramos definitivamente en la solución
de algunos de ellos o caemos en el nutrido grupo de quienes entran en el saco
de nunca jamás. Seguir confiando en quienes nos han metido en esta espiral de
desgracias que se nos ha venido encima sin comerlo ni beberlo, es un riesgo que
ni nos merecemos ni debemos prolongar por más tiempo. No se trata de ser
caritativos y sí de mostrar una solidaridad sólida capaz de acometer cualquier
proyecto con la seguridad de que lo sacaremos adelante.
Por el momento estamos permitiendo
que número tan importante de personas, y muy especialmente los niños, padezcan
calamidades extremas sin derecho siquiera a mantener a su familia. Solo los
padres de los hijos y los hijos de los padres, es decir, los abuelos y los
padres de los que no hace tanto accedieron a una vivienda convencidos de que
podían salir adelante sin ningún problema, cargan con los gastos de las tres
familias. Cuando esto no es posible porque no cuentan con parte de esta rama
familiar o sencillamente no pueden económicamente hacer ningún esfuerzo, es cuando
aparece el prestamista y, apoyado y avalado por las leyes, se lleva todo lo que
puede. Y lo peor es que se queda con la vivienda y deja a la familia
desahuciada sin lugar donde refugiarse, y con un aumento significativo del
montante de la deuda.
Y todo esto ocurre a la luz del día,
delante de instituciones como la
Iglesia , que por fin ha decidido intervenir y su máximo
representante en nuestro país ha dejado caer veladamente que no está del todo
bien lo que está ocurriendo con los hipotecados; pero también de la clase
política, precisamente la responsable iniciática y final de la crisis en la que
nos han colocado; y de la banca, que viene a ser como una mafia aceptada
socialmente y que, usando las leyes que ellos mismos obligaron a aprobar, ahora
se aprovechan de los clientes que hace nada recibían todo tipo de parabienes y
dinero de sobra para comprar el piso, el coche, amueblarlo e irse de
vacaciones.
