miércoles, 21 de noviembre de 2012

CORREN TIEMPOS DE SOLIDARIDAD EXTRAORDINARIA

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Condicionados como estamos por el deterioro manifiesto y doloroso de la sociedad de la que formamos parte, nunca como ahora es fundamental sentar las bases desde las que poder actuar en beneficio de la comunidad. Lo primero que necesitamos para afirmar nuestras prioridades es conocer la realidad, lo que de verdad acontece a nuestro alrededor y las posibilidades que tenemos de echar una mano allí donde seamos necesarios. Ocurre, sin embargo, que como los frentes son muchos y las necesidades más, todo lo que se nos ocurra será poco. Y todo porque al día de hoy ocho mil son las personas que demandan empleo en nuestra ciudad, cuatro mil las que no reciben ningún tipo de ayuda de instituciones o de la Administración y mil ochocientos niños los que no se nutren adecuadamente. Con estos datos, demoledores y sangrantes, como primer plato, quizá entendamos con más lucidez el estrecho margen que existe entre estar mal y peor, que, por otra parte, empeora por momentos. De hecho, de los cuatro mil desempleados que no tienen derecho a ninguna subvención porque han agotado las que legalmente pueden recibir, solo la ayuda de sus familiares les permite seguir en la desesperante espera de un puesto de trabajo con algo de dignidad. Lo mismo ocurre con los niños mal nutridos que están controlados por las organizaciones que dedican sus esfuerzos a suplir estas deficiencias, que es verdad que la mayoría come dos veces al día, al menos por el momento, pero también lo es que sus alimentos básicos son el arroz y la patata. De carne, pescados y otras proteínas carecen desde hace meses.

Nosotros, que venimos insistiendo allí donde tenemos oportunidad de hacernos oír, que corren tiempos de extraordinaria solidaridad, que es el mejor momento de intervenir en la vida de los demás echándoles una mano y facilitándoles sus necesidades, estamos en situación de asegurar que los malos tiempos que corren no tienen ninguna intención de cambiar a mejor y que o nos involucramos definitivamente en la solución de algunos de ellos o caemos en el nutrido grupo de quienes entran en el saco de nunca jamás. Seguir confiando en quienes nos han metido en esta espiral de desgracias que se nos ha venido encima sin comerlo ni beberlo, es un riesgo que ni nos merecemos ni debemos prolongar por más tiempo. No se trata de ser caritativos y sí de mostrar una solidaridad sólida capaz de acometer cualquier proyecto con la seguridad de que lo sacaremos adelante.

Por el momento estamos permitiendo que número tan importante de personas, y muy especialmente los niños, padezcan calamidades extremas sin derecho siquiera a mantener a su familia. Solo los padres de los hijos y los hijos de los padres, es decir, los abuelos y los padres de los que no hace tanto accedieron a una vivienda convencidos de que podían salir adelante sin ningún problema, cargan con los gastos de las tres familias. Cuando esto no es posible porque no cuentan con parte de esta rama familiar o sencillamente no pueden económicamente hacer ningún esfuerzo, es cuando aparece el prestamista y, apoyado y avalado por las leyes, se lleva todo lo que puede. Y lo peor es que se queda con la vivienda y deja a la familia desahuciada sin lugar donde refugiarse, y con un aumento significativo del montante de la deuda.

Y todo esto ocurre a la luz del día, delante de instituciones como la Iglesia, que por fin ha decidido intervenir y su máximo representante en nuestro país ha dejado caer veladamente que no está del todo bien lo que está ocurriendo con los hipotecados; pero también de la clase política, precisamente la responsable iniciática y final de la crisis en la que nos han colocado; y de la banca, que viene a ser como una mafia aceptada socialmente y que, usando las leyes que ellos mismos obligaron a aprobar, ahora se aprovechan de los clientes que hace nada recibían todo tipo de parabienes y dinero de sobra para comprar el piso, el coche, amueblarlo e irse de vacaciones.