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Ajustándonos a la noticia que está en
la calle, a lo que en realidad preocupa socialmente y lo que deduce cualquier
persona razonable, es evidente que la actual ley contra la violencia contra de
las mujeres no acaba de dar los frutos que suponemos sirvieron para que se
aprobara en el Congreso de los Diputados. Y si no, ¿cómo es posible que cuatro
mujeres fueran asesinadas la semana pasada y una que estuvo a punto? ¿Cómo
interpretar la aberración que representa que alguien, en este caso el compañero
de la víctima, sea capaz de asesinar a su pareja? Nosotros desde luego que no
alcanzamos a entenderlo, y parece que tampoco el colectivo de psiquiatras y
psicólogos. Y menos la clase política que, como casi siempre, observa la
dinámica social como algo que le queda lejos, como si no fuera con ellos. Solo
así se entiende que alrededor del mundo de la mujer pululen tipos de catadura
moral compleja e inmadura, capaces de llegar al extremo de matar a su compañera
porque la hace responsable de su propio fracaso como persona.
Por todo esto, deducir que a la ley en vigor hay que echarle un detenido vistazo e incorporarle las lagunas legales que se hayan detectado, nuevos artículos y apartados desde los que conseguir un mayor peso de
Mientras tanto, porque ya saben ustedes lo que significa para los políticos la palabra urgencia, es decir, que pasarán años hasta que entren en vigor las medidas que dicen se adoptarán inmediatamente, las mujeres deberían interpretar su realidad convencidas de que son las más accesibles, las más débiles y las que soportan los malos tratos desde un absurdo e inútil silencio. Los habituales consejos de que deben denunciar justo en el instante en el que perciban los habituales menosprecios de sus compañeros, incluso mucho antes de que les pongan la mano encima, que eso es algo que las mujeres intuyen con bastante tiempo, deben ponerlo en práctica en beneficio de ellas y del resto de la familia. Andar con la duda de si ha sido un amago perdonable o si está convencida de que cambiará pronto es sencillamente alargar la agonía que se le viene encima y, mientras tanto, estará sometida a todos los caprichos que se le ocurran a su compañero y a los golpes que recibirá cuanto más silencio guarde y no lo quiera compartir con el resto de la familia. A lo inevitable hay que aportarle la terapia de la denuncia porque es el único tratamiento que por ahora parece que surte efecto, aunque tengamos que admitir que no del todo por las inevitables consecuencias que se derivan, sobre todo por parte del denunciado, que en ningún caso acepta su culpabilidad y hace todo lo posible, no por recuperar a su pareja, sino para infringirle todo el daño que le sea posible.