martes, 28 de mayo de 2013

¿ALGUIEN PIENSA DE VERDAD EN LAS MUJERES?

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Ajustándonos a la noticia que está en la calle, a lo que en realidad preocupa socialmente y lo que deduce cualquier persona razonable, es evidente que la actual ley contra la violencia contra de las mujeres no acaba de dar los frutos que suponemos sirvieron para que se aprobara en el Congreso de los Diputados. Y si no, ¿cómo es posible que cuatro mujeres fueran asesinadas la semana pasada y una que estuvo a punto? ¿Cómo interpretar la aberración que representa que alguien, en este caso el compañero de la víctima, sea capaz de asesinar a su pareja? Nosotros desde luego que no alcanzamos a entenderlo, y parece que tampoco el colectivo de psiquiatras y psicólogos. Y menos la clase política que, como casi siempre, observa la dinámica social como algo que le queda lejos, como si no fuera con ellos. Solo así se entiende que alrededor del mundo de la mujer pululen tipos de catadura moral compleja e inmadura, capaces de llegar al extremo de matar a su compañera porque la hace responsable de su propio fracaso como persona.

Por todo esto, deducir que a la ley en vigor hay que echarle un detenido vistazo e  incorporarle las lagunas legales que se hayan detectado, nuevos artículos y apartados desde los que conseguir un mayor peso de la Justicia a la hora de sentenciar, y actualizarla como conjunto referencial a todos los efectos, nos parece que es lo mínimo que merece un colectivo tan maltratado como el de las mujeres, que, demostrado queda, sigue siendo el más débil al menos para los desalmados que las manipulan y las matan cuando les viene en gana. Nada menos que cuatro de ellas se han dejado la vida en el camino y solo la semana pasada y aún no hemos visto movimiento político que nos lleve a deducir que esta vez sí, que esta vez han puesto las correcciones necesarias para que al menos palíen las consecuencias que devienen de asuntos de esta índole. Naturalmente, los partidos políticos, al menos los dos más importantes, han aprovechado la ocasión para dar pábulo a sus convicciones más enraizadas, dicen, para mostrarlas en público. Así, desde el Partido Socialista se nos ha venido a decir que queda mucho camino por recorrer y que es imprescindible que el Gobierno se proponga intervenir en asunto de tanta trascendencia; enfrente, el Partido Popular ha aprovechado el tirón de cámara que tiene el señor Pons, valenciano para más señas, para hacernos ver que están en ello y que se pondrán delante del hijo puta asesino (así lo ha expresado) para que sea enjuiciado como merece. El secretario general de esta materia ha anunciado medidas concretas de actuación inmediata, y una de ellas es que se controlará a los maltratadores denunciados para saber en todo momento dónde se encuentran y poder evitar así que ataque a su compañera.


Mientras tanto, porque ya saben ustedes lo que significa para los políticos la palabra urgencia, es decir, que pasarán años hasta que entren en vigor las medidas que dicen se adoptarán inmediatamente, las mujeres deberían interpretar su realidad convencidas de que son las más accesibles, las más débiles y las que soportan los malos tratos desde un absurdo e inútil silencio. Los habituales consejos de que deben denunciar justo en el instante en el que perciban los habituales menosprecios de sus compañeros, incluso mucho antes de que les pongan la mano encima, que eso es algo que las mujeres intuyen con bastante tiempo, deben ponerlo en práctica en beneficio de ellas y del resto de la familia. Andar con la duda de si ha sido un amago perdonable o si está convencida de que cambiará pronto es sencillamente alargar la agonía que se le viene encima y, mientras tanto, estará sometida a todos los caprichos que se le ocurran a su compañero y a los golpes que recibirá cuanto más silencio guarde y no lo quiera compartir con el resto de la familia. A lo inevitable hay que aportarle la terapia de la denuncia porque es el único tratamiento que por ahora parece que surte efecto, aunque tengamos que admitir que no del todo por las inevitables consecuencias que se derivan, sobre todo por parte del denunciado, que en ningún caso acepta su culpabilidad y hace todo lo posible, no por recuperar a su pareja, sino para infringirle todo el daño que le sea posible.