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Nuestros políticos, o algunos de
ellos para ser exactos, siguen sin interpretar la realidad de forma que sus
entregas, esfuerzos y dedicaciones tengan como fin exclusivo la mejora de la
calidad de vida de sus conciudadanos, que para eso los votaron y se
responsabilizan de que el sueldo les llegue a final de mes. El pasado jueves
tuvimos una de esas oportunidades únicas, que vivimos, no obstante, con
preocupación, puesto que, primero, comprobamos que las formas que usan algunos
de nuestros políticos para entenderse entre ellos mismos no son las más
adecuadas y desde luego que no tienen ninguna rentabilidad ni a corto ni a
largo plazo. Si acaso, se confirma que la educación y el respeto siguen
sin ser incorporadas en el libro de estilo que debían mantener vivo las
corporaciones locales. Es verdad que, analizándola con la frialdad que exigen
la mala etapa que vivimos, no tendría mayor importancia, pero como no es así,
como de lo que se trata es de que se ha menospreciado la labor de uno de los
integrantes del pleno, no estaremos nunca de acuerdo con este tipo de actuaciones.
¿Por qué? Sencillo: porque el buen gusto, la educación y el cargo son
determinantes para el mejor entendimiento entre unos y otros, sea la que sea la
causa del desacuerdo. Lo de que cada uno pertenece a un partido político
diferente y que esta es la causa que justifica que no consigamos el acuerdo sin
faltarle el respeto a nadie, ni lo compartimos ni mucho menos lo aceptamos como
norma de trabajo.
Volvemos a repetir que los tiempos no son precisamente los mejores para caminar solos porque toda ayuda es poca, y más cuando es evidente que no somos capaces de encontrar soluciones para tanta desgracia. Se entiende que, por ejemplo, cuando un compañero de trabajo te anda dando la lata, pidiéndote detalles sobre esto y lo otro, exigiéndote explicaciones sobre dónde has echado lo que es de todos y otras lindezas, lo tengas empestillado y ardas en deseos de ridiculizarle en cuanto puedas, pero de ahí a menospreciarlo en público, y más cuando es falso, comprenderás que bien, lo que se dice bien, no está. Y luego, eso sí, en tu cotidianidad, a la hora de elegir a las personas que tú consideres tus amigos, pues entonces es el momento de escoger los que más te agraden y mejor te entiendan.
Por otra parte, el hecho de ser mujer no debería servir como justificación del insulto. Si acaso, para agradecerle que esté ahí, participando activamente en todo lo que le motive, que para eso son personas de gran capacidad de trabajo, inteligentes y de una generosidad extrema. Es más, ¿qué sería de nosotros, los hombres, si no fuera por su apoyo y comprensión? ¿Acaso hoy podríamos ver lo que vemos, oír lo que oímos y disfrutar de lo que nos apetezca? Se entiende, es verdad, que no siempre aceptemos de buena gana que cualquiera de ellas se plante ante nosotros y nos cante las cuarenta, pero debemos acostumbrarnos a que están en su derecho y legitimadas para tal caso. Otra cosa sería que se metieran en donde no les llaman, aunque eso es algo que a nosotros nos ocurre con exagerada regularidad y no parece que pase nada extraordinario.
Repetimos que lo mejor es volver a recuperar el sentido común. Y no tanto por nosotros, que para eso somos mayorcitos, sino por la ciudadanía, que es lo que cuenta y por la que estamos donde estamos. Por lo tanto, mientras no se enderece el rumbo económico del gran barco en el que todos andamos metidos, cualquier esfuerzo que se haga debe medirse con antelación, porque los baldíos, los que no sirven de nada, debemos limitarlos cuanto antes en beneficio de un colectivo fuerte y decidido a cambiar los malos tiempos.