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La decisión de la Dirección General
de Tráfico, de incorporar, entre otras exigencias, el uso del casco en las
bicicletas incluso en ciudad, sigue su camino. Por el momento podemos decir que
ha obtenido variados apoyos y propuestas, aunque destaca de entre todos el que
parece que saldrá adelante la propuesta en poco tiempo. Entrando en detalles,
el sí o el no de este elemento en la cabeza de los usuarios de las bicicletas
la basan desde Tráfico en el hecho de que a lo largo del año se controlan al
menos quince fallecidos a causa de caídas del vehículo y los correspondientes e
inevitables golpes en la cabeza. De hecho, los usuarios de estos vehículos que
cayeron y que sobreviven, lo hacen en unas condiciones muy limitadas de
movimientos, ya que del resultado de las lesiones que se produjeron, muchos se encuentran
en situación de absoluta dependencia.
Esta es la realidad y hay que
aceptarla tal y como se desarrolla entre quienes han elegido la bicicleta para
moverse por la ciudad o para desplazarse a distancias relativamente cortas,
además de los que la utilizan para hacer deporte. Hoy más que en ningún otro
momento se ven más ciclistas y por cualquier zona de las ciudades y de las
carreteras, lo que quizá influya y sea determinante en que el número de
accidentes sea mucho mayor del esperado y las consecuencias que se derivan de
éstos también más importantes.
Por supuesto, existen dos bandos
perfectamente definidos alrededor de este asunto. Para unos, ponerse el casco
es un seguro de vida demostrado y por lo tanto optan por su implantación. Para
otros, que lo rechazan de plano, que son antiestéticos, que dificultan el
pedaleo, que es una carga inútil y que los aceptarían solo en carretera y nunca
en ciudad. Quienes han trabajado sobre este asunto desde perspectivas
profesionales, porque debemos entender que antes de proponer el uso del casco
los técnicos de Tráfico se han documentando suficientemente, aducen que las
bicicletas son vehículos muy débiles, que sus usuarios caen al suelo en cuando
son tocados mínimamente y que estas caídas suelen tener consecuencias muy
graves, cuando no la muerte.
Y como está revisado, como ha sido
milimétricamente evaluado y como lo que se quiere es un tráfico más seguro,
apoyarían decididamente su implantación. Los que están en contra es verdad que
no están solos, porque los fabricantes ven en esta obligatoriedad la pérdida de
mercado por la incomodidad que supone su uso en desplazamientos cortos por
ciudad.
Tampoco faltan los que se basan en el
mal uso que se hace de este vehículo por parte de la mayoría de sus conductores, desde el desconocimiento
de la circulación y sus normas hasta que por cualquier calle circulen menores
entre los coches aparcados, las aceras, etc. Como ven, a todos les asiste lo
que creen es su derecho y por el que estarían dispuestos a reconducir incluso
sus formas de usar la bicicleta. Pero parece que no va a ser sencillo, ya que
todo indica que los pasos que está dando la Dirección General
de Tráfico, al basarse en la ciencia y no en opiniones más o menos interesadas,
le abren el paso en todos los estamentos sociales y políticos a los que acude
en busca de apoyo. Por el momento se encuentra a la espera de pasar el filtro
de la comisión del Congreso relacionada con el tráfico, que será la responsable
final de aprobar, no solo el uso del casco en las bicicletas cuando circulan
por las ciudades, sino un buen número de novedades de las que hemos venido
hablándoles desde hace tiempo.