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Lo
miremos por donde lo miremos, la realidad española pasa por una
actualidad muy descompensada en un momento especialmente crítico
para la economía mundial, de la que nuestro país no es ajeno, y un
buen ejemplo de lo que les decimos es la mala situación de la Bolsa.
A todo esto, por aquello de echarle algo de inquietud añadida a lo
que vemos a diario, nos enteramos de que Esperanza Aguirre, un peso
pesado de la política española y presidenta hasta el pasado fin de
semana del Partido Popular de Madrid, ha decidido dejar la
presidencia y dedicarse a su tarea en el Ayuntamiento de la capital
del país; a ésta debemos sumar la del anterior presidente, Ignacio
González, que lo hizo hace dos semanas, suponemos que presionado por
las noticias sobre corrupción que corren a su alrededor, destacando
la tela de araña en la que se desenvuelve el apartamento que posee
en Estepona, que todavía no ha podido demostrar su procedencia con
certeza judicial. De acuerdo con los mentideros políticos de la
capital, todo indica que a la presidenta de los populares en Madrid
se le ha atragantado la inspección que realizó la policía el
pasado jueves a la sede de su partido en busca de información que
condujera a lo que suponemos necesitaba el juez del caso. Pero hay
más, puesto que a la señora Aguirre parece que le han crecido los
enanos de su particular circo y desde hace meses han comenzado a
aparecer como setas tóxicas consejeros, secretarios, concejales y
otros especímenes a los que la Justicia ha controlado con las manos
en la masa. Uno de los más sonados sin duda fue el señor Granados,
vicepresidente del PP en Madrid y exalcalde de Valdemoro, y habitual
presuntuoso en las tertulias radiofónicas y televisivas de su
absoluta limpieza con respecto a cobros en dinero negro o mordidas
por comisiones. Hoy, como saben, pasa sus días en prisión a la
espera de la confección del sumario que todo indica le condenará a
algunos años encerrado.
Por
todo esto, con el resto de partidos políticos con asuntos de corte
parecido, que nadie se extrañe de que las actuales conversaciones
para cerrar un gobierno con capacidad y fuerza suficiente para poner
en marcha el país vayan a ser fáciles. Y lo mismo ocurre con la
economía, que aunque no faltan los interesados en convencernos de
que todo se debe a la inestabilidad política española, y que lo
mejor es votarlos a ellos para evitar la ruina, la realidad es que el
mundo está convulso en general, que el petróleo, las guerras, las
riadas de personas que huyen de sus países en busca de un mundo
mejor y seguro intervienen claramente en una actualidad en la que los
grandes buscan con ansia gobernar más territorios y más poder. De
hecho se habla de recesión mundial, de mercados financieros
colapsados, de guerras por venir, de locos lanzando cohetes con
cargas nucleares… Y nosotros, España, en medio. Y encima con
problemas de estructura política y, sobre todo, de credibilidad
entre la ciudadanía, que observa cada vez más convencida de que no
se merece lo que está pasando, que están yendo demasiado lejos los
partidos políticos en su afán de conseguir el poder a cualquier
precio y que no es el mejor camino para salir de la crisis en la que
ellos mismos nos metieron.
Para
los partidos más perjudicados, que todo es una maniobra
perfectamente organizada por los poderes fácticos para quitarles el
poder; para los que aún tienen posibilidades o futuro, que la
solución pasa por un gran acuerdo de gobierno que permita reanudar
los trabajos que nuestro país necesita para volver a la senda de la
recuperación, si es que alguna vez hemos estado en ella. De lo que
no se oye mucho, quizá porque no se habla de ello, es de la
situación tan penosa por la que pasan millones de españoles por la
falta de un empleo que les permitiera vivir con dignidad. De esto
parece que no interesa mucho el detalle y prefieren los grandes
discursos en los que exprimir al máximo sus posibilidades de
oradores de primera o de charlatanes de segunda, que de todo
encontramos en los atriles. Se impone seguir esperando.