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Despedimos hoy el mes de noviembre de 2017. Si
tuviéramos que hacer un recuento de buenas o malas noticias, diríamos que hemos
tenido de todo, positivas y negativas, en realidad como siempre, porque en
períodos de tiempo de treinta días es evidente que cabe casi de todo. En
nuestro caso, desde la buena nueva que anunciaba el gobierno municipal y que
venía a decirnos que se mantenían las cargas impositivas de las tasas
municipales en los niveles del año pasado hasta las malas nuevas que se
imponían alrededor del tema del río y las inundaciones a las que se refieren y
que tanto temen los agricultores de nuestra huerta. Asegurar que al final todo
sigue igual no debería ser entendido como una denuncia y sí como la
consolidación de una situación que nos mantiene unidos a miedos que no nos
permiten desenvolvernos como en realidad nos merecemos. Al hilo de esta
situación y de la opinión que expresamos, si tenemos en cuenta que nuestra
ciudad recibió hace unos años al mismo tiempo una noticia esperanzadora para
luego enterrarla a los pocos días, léase Innovandújar, y que, de hecho, supuso
un antes y un después para el futuro de todos, y que fue aunque mantenida
intencionadamente como arma electoral por muchos años, quizá entendamos lo difícil que
es convencer hoy a la calle de que existe futuro, de que se están tomando
decisiones, de que se están desarrollando proyectos y de que se está
construyendo, con rigor y seriedad, un futuro más real por accesible y
realizable.
Si seguimos hurgando en el pasado más reciente, recordamos
que la primera bofetada en toda la cara nos llegó en forma de aparatos
voladores, de helicópteros que viajaban por todo el territorio nacional con el
ministro Montoro a la caza y captura de votos para su reelección. El elenco que
le acompañaba y el que lo apoyaba en nuestra ciudad, por aquello de echarle sal
y pimienta a la falsa noticia, en una clara demostración de no tener ni idea de
dónde estaban, se dedicaron a reclamar del mundo socialista su compromiso a lo
largo de años. Tampoco faltaron a la cita los circenses habituales e intrusos en
el mundo de la comunicación, que por entonces contaban no solo con el descarado
apoyo oficial, sino con bastante predicamento público, que se dejaron la piel e
incluso su honor en su intento de convencernos de que los que mentían eran los
otros, los socialistas, que por entonces eran los malos de la historia. De
hecho, el tema se cerró en falso. Pasaron meses, años, y aún hoy encontramos
ingenuos que de buena fe siguen convencidos de que pudo ser, de que no se
consiguió porque los de enfrente no quisieron. Se confirma así que una mentira
contada mil veces, al final acaba siendo verdad. Lo de Innovandújar, como no
interesaba a sus promotores, se dejó dormir el sueño de los justos, aunque
nosotros, evidentemente, no debemos estar entre ellos, porque a la vista está.
Es más, seguimos sin interpretar correctamente el estado en que finalmente
quedó este desagradable caso, ya que la verdad no se conoce. Sin embargo, se
hicieron tan mal las cosas, se invirtió tanto dinero público en bagatelas y
actos protocolarios con retroexcavadora y canapés incluidos, que entendemos que
la ciudadanía pierde una gran oportunidad de conocer a fondo la verdad de un
invento que nació vacío y que así continúa, y del que solo conoce el envoltorio
de celofán con el que cuidadosamente se presentó en sociedad en un acto que
reunió a las fuerzas vivas de la ciudad. A partir de aquí, luego de infinidad de
desencuentros con la verdad y la mentira, del cierre de las puertas en donde
sabíamos estaban las ayudas para una ciudad necesitada como la nuestra de
constantes empujones económicos para mantener su endeble estructura, parece que
nos encaminamos, no sin miedo, hacia estadíos más justos y
esperanzadores. Ya veremos.