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Tomen nota, porque hoy venimos
con ganas de convencerles de que el uso del coche tiene sus exigencias y sus
leyes, y la prudencia y la paciencia debían ser las máximas que debíamos
compartir mayoritariamente el colectivo de usuarios de vehículos. Y es que las
estadísticas, al menos a nosotros, nos acaban por marcar distancias y nos
obligan a hacerles llegar nuestras preocupaciones. La realidad es que desde el
año 2000, o sea, hace nada, y hasta 2016 nada menos que 55.000 personas se han
dejado la vida en la carretera. Dicho esto, que a nadie se le ocurra deducir
frívolamente que los accidentes solo les ocurren a los demás, que es cosa de
falta de preparación para conducir un automóvil o cualquier otra barbaridad al
uso. El hecho es que tan exagerado número de personas perdieron la vida
simplemente por incorporarse al tráfico
rodado y sin más pretensiones que las de desplazarse de un lugar a otro solo o
con su familia. Y punto. Los acontecimientos que se precipitaron para verse luego
involucrados en el accidente, las consecuencias que se derivaron de éste y las
posteriores secuelas que les siguen a lo largo de los años es algo que no
siempre llega conocerse en detalle. Esta circunstancia incide, naturalmente, en
el informe posterior al accidente y a la confección de la estadística, que no
siempre acierta en el diagnóstico ni tampoco en las razones que llevaron al
conductor a decidir su comportamiento. En muchos casos, los técnicos llegan a
conclusiones exactas porque el resultado del desastre deja infinidad de pistas
a seguir anunciando, por ejemplo, los despistes habituales, es decir,
teléfonos, navegadores, estaciones de radio… También los excesos, y no solo de
velocidad, atención, aparecen con mucha frecuencia en el seguimiento de los
técnicos, que comprueban y comparan trazados y tramos determinando con
exactitud el porqué del resultado final. Naturalmente, las carreteras, su
señalización y estado, participan de manera muy activa en la accidentalidad, lo
que debía ser analizado y valorado por el conductor de forma que por sí mismo
influyera en su forma de enfrentarse a la vía. Así, siempre que la señalización
nos ponga sobre aviso de un firme rugoso, ondulado, con badenes y socavones, aceptarlo
desde el principio y mantener la velocidad que nos aconsejan es evidente que
será determinante para la seguridad a lo largo del trayecto. Luego, porque es
una injusticia, porque representa un abuso y un desprecio administrativo,
tiempo tendremos de quejarnos y de denunciarlo
ante la autoridad competente. Lo que no podemos ni debemos hacer es obviar
la evidencia por las razones que les exponemos y más si sabemos de las
consecuencias que se derivan de los excesos. Estas son las bases y las razones de
que el número de fallecidos por accidentes de tráfico sea tan exageradamente
inaceptable; y no digamos nada de los miles que han quedado con secuelas
físicas de por vida, cuando no en sillas de ruedas o postrados en una cama…
Si alguien decide calificar el
comentario de este fin de semana como dramático o exagerado, por supuesto que
aceptamos su crítica, pero que no olvide que la estadística no es cosa nuestra,
que es la autoridad de Tráfico la que resuelve y nos informa. No seremos
nosotros los que marquemos las líneas a seguir a nadie, que para eso somos
mayores de edad y cada uno deberá analizar su comportamiento con el volante de
su vehículo en las manos y decidir en consecuencia. Si acaso, que se aproxima
un período especialmente acaparador de accidentes y que será bueno que nos
preparemos para sobrepasarlo sin sobresaltos.